Una historia para ser contada

Hace cinco años, no, no quizá diez, no recuerdo a ciencia cierta. Carecen de importancia los años que hayan pasado para relatar esta historia que ocurrió en Villlabosque.  Así me la contaron los paisanos.

Una mañana de primavera los policías, Manuel Hernández y su compañero se personaron en el quinto derecha de la calle Rodrejos 10. Llamaron al timbre, sonó, pero nadie respondió, después de una breve espera, insistieron en la llamada. Finalmente, la puerta se abrió. Un hombre corpulento con los ojos verdes saltones y barba descuidada de color blanco apareció en el umbral. Vestía un chándal azul sucio y mugriento.

─¿Faustino Hernández?

─Sí, sí, sí ─respondió con voz jadeante.

─Somos de la brigada crimina ¿podemos pasar?

Y sin esperar respuesta Manuel y su compañero, German, caminaron a la sala que se encontraba al final del angosto pasillo. De la cocina emanaba un olor penetrante de hígado frito con cebolla.

─Estaba almorzando, musitó con voz baja Faustino —¿quieren tomar algo?

─No, gracias estamos de servicio y hemos venido a hacerle unas preguntas. Faustino inclinándose respetuosamente les ofreció asiento, notaba que un ambiento tenso cubría el ambiente.

—Pues ustedes dirán —dijo antes de tomar asiento tratando de mirarlos fijamente para descubrir que querían aquellos hombres. ¿Conocía a Consuelo Bonet?

─Claro, frecuentaba mi carnicería era una clienta de los tiempos inmemoriales, desde que mi difunta madre, que en gloria esté, despachaba.

─¿Desde cuándo trabaja en la carnicería?

─Ya van para treinta años que dejé la escuela. He mamado el oficio desde la infancia y aprendí primero a despiezar y luego a despachar en el mostrador.

─¿Alguien le ayuda? —le preguntó Manuel mientras Germán tomaba notas en una pequeña libreta.

─No, señor.

─¿Que horario tiene? 

─Los martes me traen las piezas sobre las siete de la mañana. El resto de la semana abro la carnicería de ocho a dos.

─¿Donde se encontraba el jueves por la tarde entre las cinco y las nueve de la noche? —preguntó Manuel que llevaba la voz cantante del interrogatorio con una voz autoritaria.

Faustino, inmóvil como si le hubieran congelado en un instante y no entendiera la pregunta, le observó con la mirada fija. El policía volvió a repetirla. Entonces empezó a tocarse la barba con la mano con un movimiento de arriba hacia abajo. Notó la lengua pastosa y la garganta seca. Después de una larga pausa, respondió que estaba en la casa como todas las tardes.

─Hemos encontrado el arma homicida y restos de materia orgánica en el cadáver. Le voy a leer sus derechos, dijo rápido y de seguido Manuel.

─Faustino consciente de su desvalidez con la cara abotargada se quedó pensativo y tocándose el aro que colgaba de su oreja, exclamó ¡Ah! el jueves. Volviéndose hacia Germán le dijo:

─Bueno…sí, sí, ese día me fui al monte al encuentro de Consuelo. Sabía que todas las tardes esa mujer iba por la zona del pedregal. Una idea me rondaba por la cabeza, día a día, mes tras mes, año tras año y experimentaba un nerviosismo que no me dejaba dormir.

─ ¡No podía más! Me ofendía continuamente esa patana ignorante. Cada vez que venía a la carnicería se quejaba de mi carne delante de las clientas. ¡Qué mal sabor!  ¡Tiene un olor insoportable! Hasta le llegue a decir. No vengas, Consuelo. Pero ella continuaba con sus sandeces.

─ ¡Cortas muy mal Faustino!

─ Maldita sea! Me dije a mi mismo, ya verás que bien te voy a cortar tu hígado y me lo voy a comer fritito con cebolla.

─Y… en eso estaba cuando llamaron a la puerta, dijo, mientras ponía las manos para que se las esposaran.

Fin

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.