Una copita de Brandy

Era una tarde de sábado gris, insípida, triste, así es como la veía Marta frente a un vaso de cerveza Brugse zot. En dos horas llevaba bebidos 5 botellines de cerveza uno detrás de otro. Tenía predilección por las cervezas de sabor ácido y afrutado, pero consumía todos los sabores, caramelizadas, tostadas, amargas o torrefactas. Cualquiera se adaptaba a sus gustos.

Durante un tiempo iba buscando en los supermercados cervezas de diferentes países, alemanas, belgas, escocesas, francesas e inglesas. Más tarde empezó a recorrer vinotecas buscando bebidas de procedencias exóticas, neozelandesas, tailandesas, suecas, como si se tratara de indagar la botella más extraña de cualquier país recóndito. Pero a Marta lo que de verdad le gustaba no era coleccionar las latas, ni botellines, sino saborearlas y bebérselas y lograr ser experta en reconocerlas con el primer trago.

También consumía vino, durante las comidas que la mayoría de días consistía en tentempiés, y antes de irse a la cama se llevaba a la mesilla de noche como de costumbre su copita de brandy.

Su historia con el alcohol había comenzado unos meses antes. La noche que enterraron a su marido, después del sepelio cuando todo el mundo se despidió, se vio en casa sola. No creía que pudiera conciliar el sueño y se le ocurrió tomar la copita de brandy. Aquella noche por muy raro que pareciera, durmió plácidamente. De modo que fue cogiendo la costumbre de llevarse una copita cada noche al dormitorio.

Por las mañanas se despertaba tarde, a veces con dolor de cabeza y sensación de pesadez. Como no tenía que ir a trabajar porque había pedido una excedencia, se tomaba dos pastillas de antiinflamatorios y ya tenía motor para todo el día.

Marta había adquirido, ciertas costumbres, beber menos brandy y reducirlo solo a las noches para no tener que vaciar botellas en el contenedor. Motivo por el cual se inició en la cerveza, aunque en un inicio no fuera una bebida que le gustara. Ahora era una catadora experta en sabores y orígenes. Comprarla le resultaba más fácil y deshacerse de los envases era mucho más sencillo sin dar una imagen de borracha.

La adicción al alcohol comenzaba a ser un gran problema, porque en alguna ocasión había intentado dejar de beber y no lo había logrado. Una noche salió con el coche a las dos de la mañana, desesperada buscando una gasolinera donde vendiera cualquier tipo de alcohol. Para que no le volviera a ocurrir, escondió por casa en los sitios más recónditos botellas de cerveza, botellas de vino y todo lo que pudiera tener alcohol. Tampoco sirvió de mucho porque esa tarde, no recordaba donde las había escondido y con los nervios mientras las buscaba terminó rompiendo parte del mobiliario.

El deseo fuerte y la necesidad compulsiva de beber era cada vez más continuo. Sus amigos y sus vecinos ya habían notado, desde su viudedad un cambio en su comportamiento. Marta se alejaba de la gente, estaba más inestable y tenía cambios de humor frecuentes.

Personalmente ella también era consciente que algo había cambiado y notaba lagunas de memoria, falta de concentración que le impedía leer un capítulo seguido de un libro por más que le gustara la novela.

Faltaba solo un mes para retornar al trabajo. No tenía claro, como disimularía su alcoholismo. Marta había decidido, no salir de esta adicción porque se sentía incapaz.

Determinación que le costaría la vida unos meses después.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.