Un plan realmente sencillo

Lo habitual era despertarse antes de que sonara la alarma del reloj, aunque siempre lo ponía no solo una vez sino dos; la segunda al cabo de quince minutos. Tiempo que Beatriz necesitaba para desperezarse.

Las mañanas las tenía cronometradas, a decir verdad, todo el día. Necesitaba tener un dominio de lo que hacía de todas sus fruslerías: las calorías que consumía, el tiempo de conexión del móvil o el número de pasos diario, por poner algunos ejemplos. Las rutinas programadas le daban seguridad y calma.

El trayecto desde su casa a la parada del autobús nueve minutos y hasta el instituto entre 48 a 52 minutos. No todo necesariamente lo contaba, pero sus apreciaciones a “grosso modo” eran acertadas especialmente en el número de calorías de su ingesta.

Beatriz había leído el libro “Dietas para adelgazar de forma rápida” y lo intentaba cumplir. Aunque no podía elegir los menús, era su madre quién lo decidía, trataba en lo posible hacer una dieta restrictiva. Cuando por algún acontecimiento inesperado, había tenido que comer más o algún alimento que consideraba insano de inmediato lo vomitaba.

A pesar de sus esfuerzos su peso no se reducía como deseaba, lo que hacía que Beatriz se refugiara todavía más en los estudios. Quería destacar y aunque obtenía buenas notas, le era un fastidio no conseguir la soberanía en la clase.

A lo largo del día eran incontables las veces que venía de forma persistente a su memoria su compañera Esther. Una chica inteligente que poseía un brillo especial, con una figura espectacular; mientras que ella era todo lo contario, llena de protuberancias y con unas gafas de miope que le hacían poco agraciada. Lo que le deprimía y le afligía hasta lo insoportable.

Aunque luchaba contra su obesidad era plenamente consciente que no podría llegar a ser tan atractiva como Esther, pero sí podría superarla en los estudios. Abrigaba la esperanza de destacar por encima de ella y lo tenía en cuenta continuamente. Lograrlo le proporcionaría un gran placer.

Meditaba como conseguirlo, hasta el día en la que se posó en su mente una idea brillante. Recordó que, en el armario de herramientas, su padre guardaba una caja de un herbicida químico para matar las malas yerbas del jardín. Como si no pudiera perder ni un minuto, con impaciencia sin pensarlo dos veces cruzó el recibidor y bajó al sótano. Miró la caja del estante que contenía glifosato y en letras rojas indicaba veneno. Allí en un extremo estaba la solución de sus problemas al alcance de su mano.

Constató que nadie le viera mirando hacia la puerta, no vaciló y cogió la caja verde con aplomo como si se tratara de un tesoro. Sintió por un momento que tenía los nervios tensos como las cuerdas de un violín. Subió a su habitación, asió el tirador de su puerta con fuerza para que no chirriara, y entró; se puso una mascarilla para evitar inhalar y guantes para hacer las papelinas con especial cuidado y las cerró con cinta aislante para que no se derramaran.

Mientras las preparaba, absorta, tenía la sensación, de estar más allá de todo. Hizo diecinueve ¡Eran suficientes! Terminar de prepararlas le produjo una sensación de plenitud. Todo su cuerpo parecía que desprendiese chispas.

Las guardó en el cajón de su mesa dentro de una caja y las tapó con fotografías. Allí nadie las encontraría.

Luego se lavó escrupulosamente las manos, moviendo la cabeza hacia aquí y hacia allá. Sonriendo bajó de nuevo al sótano, deslizándose como un fantasma y volvió a dejar la caja en el estante del armario, para que nadie la echara en falta. Beatriz empezó a columpiarse en su mente, ahora sus pensamientos tomaban un rumbo. Cruzaba su habitación de arriba abajo con los ojos cerrados y sentía una emoción inclasificable mientras lo planeaba.

A la mañana siguiente en el recreo se encargaría de sacar los refrescos de la máquina e invitaría a todas sus amigas, para no levantar sospechas. Tendría que arreglárselas para que en el de Esther pudiera volcar el veneno de forma imperceptible, sin que nadie se percatase.

Esta práctica no la haría de forma regular, sino de uvas a peras. Esperaría de forma pasiva a que sucediera algo. Envenenarla poco a poco, pasaría más desapercibido. Nadie se daría cuenta.

Pensó con cierto regocijo levemente sobresaltada, lo importante era que Esther se sintiera muy mal, lo que daría estabilidad a su posición y acabaría ella consiguiendo el primer puesto en su clase.

Un plan realmente sencillo, se decía mientras extendía las manos y tabaleaba con los dedos sobre la mesa. Lo importante era hacerlo sin prisas, lentamente.

 

 

 

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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