Clohe

La mente de Chloe era un desorden, como lo era su armario o sus bolsos. No gozaba, o así lo creía ella, de una inteligencia brillante. Escucha ruidos, como tantas noches. No dormía, recordaba que en algún momento de su vida deseó ir a la universidad. Ahora ya no, lo descartó. Se acordaba muy a menudo de su abuela Lucrecia, cuando comenzó a enseñarle a coser.

¡Chloe estudia!, le decía su madre. Y no es que no lo intentara ¡Claro que sí!  Pero sus notas no pasaban aprobadas. Cuando le dijo la profesora ¡esto tú no lo sabrás hacer! Aquel día se había sentido una estúpida. Todo lo contrario, a las sensaciones que tenía con su abuela que le decía siempre, tienes unas manos maravillosas. Coses como los ángeles.

Desde niña padecía insomnio, se balanceaba de un lado a otro entre las sábanas frías de algodón. Para entrar en calor, movía los pies arropados con calcetines y hacía que el jergón de la cama metálica chirriara. Esa noche el viento se colaba por las ventanas y silbaba como un rugido de serpientes. Las persianas de madera se movían como si repicasen acompasadas rítmicamente contra el alfeizar. Los pavimentos de baldosas no mantenían la uniformidad y hacia que los muebles bailaran. El tintineo y el crujido de la madera de los muebles parecían unos sonidos semejantes a las cueras de un violín desafinado.

 En plena oscuridad de pronto notó que le acariciaban la cara, se llevó las manos a los ojos para comprobar que estaba despierta. Lo estaba. Le pareció ver una mano blanca y arrugada. Poco a poco fue vislumbrándose una figura, evanescienciendo de la oscuridad. A diferencia de otras veces, no tenía pánico Sentía una extraña sensación de serenidad al observarla. ¿Podía ser ella? Sí, era su abuela Lucrecia, igual de enjuta. Reconoció la mano de su abuela que había fallecido hacía un año. Una mujer delgada, alta con pelo blanco sujeto con un moño redondo colocado en lo más alto de la cabeza, lo que le proporcionaba una figura más esbelta.

La anciana se acercó sutilmente y le expresó al oído: cariño levántate. Necesito decirte algo. La cogió dulcemente de la mano y se fueron hacia ventana. Subieron la persiana, que estaba enrollada con una cuerda y se posaron en el alfeizar, para admirar el paisaje de la ribera. Mira Chloe, le dijo su abuela, agarra con fuerza todos tus temores, ansias, miedos, inquietudes, y tíralos al río para que la corriente se los lleve para siempre.

Vive la vida con pasión. Te arrancará lágrimas. A veces, te romperá el corazón. No dejes que nadie te robe ninguna ilusión. Nunca pierdas la esperanza. Detrás de la lluvia siempre sale el arco iris.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.