Pecosita

Era un día otoñal, como tantos otros, Elvi subía por la empinada calle de la Iglesia empedrada y resbaladiza. Las campanas tocaban a misa de doce como cada domingo. Llegaba tarde, lo sabía, pero no por eso aceleraba el paso. Llevaba el vestido verde con florecitas encarnadas, y unos zapatos negros de charol. Se había recogido la melena negra con una trenza gruesa central que le llegaba hasta el omoplato. Como adorno llevaba un collar verde musgo y rojo con bolas gordas que lo había comprado en la feria de San Julián.

Todos los parroquianos subían la cuesta los domingos y festivos. Elvi recordaba la imagen y la evocaba a menudo. Vamos pecosita le decía siempre su madre,  tirando de ella como si se tratara de un saco, arrastrándola para llevarla a la Iglesia. Nunca le gustaron las ceremonias eclesiásticas y mucho menos el día de su primera comunión. El Perico, otro de los comulgantes,  en medio de la misa, le pisó el vestido largo y se lo rasgó. Elvi estuvo sujetándolo todo el tiempo con una mano la cintura, para que no se descosiera más. Temía quedarse en bragas delante de todos. Cuando fue a comulgar Don Braulio dudó por un instante darle la hostia, porque no tenía las manos en postura de rezo. Aunque su madre se lo arregló con unos imperdibles ¡que vete a saber de dónde los sacó! Esa vergüenza por el vestido roto, y en miedo a quedar en paños menores en público, le acompañaría toda su vida.

Ahora el cura era ya muy viejo, se movía a duras penas dentro de la casulla, con pelo y barba gris bastante descuidada. Repetía los sermones con las mismas estrofas, los niños se reían por lo bajini, mientras que el resto del personal ni se inmutaba. A pesar de todo, Elvi no se perdía una misa porque lo que más le gustaba era cantar los salmos. Tenía una voz de mezzosoprano, sin ningún orden académico, pero era capaz de registros impresionantes. Pertenecía al coro “María Divina” y no faltaba ningún viernes a los ensayos.

El resto de la semana desempeñaba las tareas de la casa, con una capacidad admirable. Le ayudaba a Paca, la segunda mujer de su padre, a cocinar. Preparaba platos excelentes y hacia mermeladas exquisitas, tal como su madre le había enseñado. Tenía gran sentido práctico para ordenar las cuentas y además echar una mano a su padre para ordeñar las vacas cada mañana. Sin embargo, a pesar de su dedicación admirable a todos los «mandaos», su padre no dejaba de lamentarse continuamente de no haber tenido un hijo varón.

Tenían un corral con gallinas en el patio de la casa, lo habían instalado cuando ella era muy pequeña. Mantenía el recuerdo, porque el día de la inauguración, cuando trajeron las primeras gallinas, y el gallo; le tomaron una foto con su madre. Era una de las pocas estampas que conservaba de la difunta en un viejo cuaderno del colegio. En la casa había muy pocos libros a excepción de los que usó durante sus años escolares. Nunca había querido desprenderse de ellos porque durante las largas noches de invierno en la cama releía las lecciones de geografía o historia. Su época escolar fue muy corta con doce años dejó la escuela, antes que sus compañeras. Su padre argumentó que al quedarse viudo, necesitaba una mujer para la casa, y a pesar de las quejas de la maestra, su progenitor no dio el brazo a torcer.

Pauli una jovencita pizpireta acudía por las tardes después de clase a ver a su amiga Elvi, le enseñaba buenamente lo que había aprendido en clase y hacían juntas los deberes escolares. Pauli y Elvi crearon una amistad inquebrantable. En vacaciones salían al campo a recoger fruta y en los días tórridos se bañaban en el pozo de tío Pascualito.

La poca felicidad que Elvi encontraba con su amiga se esfumó el día que unos parientes se la llevaron a la capital. Desde aquel día su vida se había transformado más monótona que de costumbre: ordeñar las vacas, realizar los quehaceres domésticos, ir al coro los viernes y cantar en la Iglesia los domingos. Así día tras día, mes tras mes.

– Ya tienes dieciocho años, has dejado de ser pollita. Es hora que busques un marido Elvi, le dijo su padre un día comiendo. Aquí en la granja necesito un hombre.

Fue el principio del fin, aunque para Elvi resultó el fin de un principio. De madrugada se cortó la trenza, la dejó en el rebozo de la almohada, cogió un petate con ropa y la foto de su madre.

Entonces cerró la puerta sigilosamente y sin ordeñar las vacas se fue para nunca más volver.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

2 comentarios on «Pecosita»

  1. Lola dice:

    Indiscutiblemente tienes madera literaria

    1. Me gustaría que fuera cierto. Haciendo camino par aprender. Gracias

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