Nunca me quisiste

Desde el amanecer hasta el anochecer, no paro de llorar, y continuo por la noche; mis lágrimas humedecen la almohada y la tristeza se apodera de mí hasta que se cierran los ojos por el cansancio.

Sueño con lugares y paisajes donde fuimos felices. ¿Cuánto me gustaría que estuvieras de nuevo aquí y poder revivir aquellos momentos?

No comprendo la razón de nuestra ruptura, seguías viviendo conmigo, aunque cada año tenías una nueva amante, lo sabía y lo aceptaba. 

Siempre supe compartir nuestro amor, otras mujeres dirían que eras un monstruo, mientras que para mí significabas la razón de mi vida.

Ya en la “uni”, donde nos conocimos, te gustaba más ligar que estudiar. Coincidimos en los pasillos, un día perdido que ibas buscando apuntes para un examen. Mi padre me va a matar -me dijiste- si vuelve de nuevo a repetir curso.  

Allí empezó nuestra amistad, siempre juntos. Te arrastraba a clase aquellos días que tú faltabas a tu partida de dominó, ajedrez, o cartas. Todos los juegos te gustaban, cualquier cosa menos estudiar.

En los exámenes te pasaba notas, te hacía gestos, creamos un lenguaje de signos que fue muy beneficioso para que finalmente pudieras terminar la carrera con suficientes. Tu padre te tenía reservado un buen puesto en su empresa que finalmente no aceptaste.

Tu ideal era un trabajo que te ocupara poco tiempo del día, y sin muchas cavilaciones. El tiempo es mío -confesabas- no lo voy a regalar por dinero.

Conseguiste entrar en un departamento de Hacienda, donde tus funciones y responsabilidad era escasa. Llegabas tarde, tus desayunos duraban dos horas, y el resto del tiempo lo gastabas recorriendo pasillos y haciendo preguntas. No perdías comba en tu ejercicio de seducir, en eso, eres un maestro, le guiñabas el ojo a tu jefa y a toda falda que se pusiera por delante. Posiblemente, te llevaste a la cama a más de una compañera de trabajo, no lo sé a cuantas porque nunca te lo pregunté.

Follar, lo que se dice follar se te da divino, tienes buen aguante y eres muy capaz de mantener varias embestidas en una velada, con poco espacio refractario. Tampoco pierdes el tiempo y, mientras llega la próxima corrida, la espera la adornas con poemas, susurros cargados de mentiras y besos.

Cuando fuimos pareja ya tus gustos eran más sofisticados y tus amantes más selectivas. Pero bien, estoy acelerando mis recuerdos muy deprisa, porque se agolpan uno encima de otro.

Un verano caloroso y tórrido yo acudía con mis amigas a un concierto nocturno, nos encontramos y nuestro saludo fue un repaso y continua evocación de recuerdos estudiantiles.

Me invitaste a cenar y escapamos del follón musical sin despedirnos de nuestros respectivos amigos. El restaurante tenía una terraza cerca del mar en un lugar que ya no existe, si no hubiera desaparecido, de nuevo lo hubiera visitado durante estos meses para rememorar nuestro primer encuentro.

Aquella velada de verano, me besaste, fue un beso largo y profundo y a partir de esa noche nos vimos cada tarde.

Yo ya había alcanzado una jefatura y tenía un buen sueldo. De modo que al final del verano nos casamos y comenzamos a vivir en mi casa recién estrenada en un barrio acomodado de la ciudad.

Los primeros años, también los últimos tengo que decir, fueron magníficos. En el inicio de nuestra convivencia, creo que no te tuve que compartirte con nadie, aunque tampoco lo sé con seguridad.

Tus horarios laborales eran mucho más cortos, por las tardes jugabas al tenis o ibas al gimnasio. Jamás dejaste de hacerlo, porque cuando nuestros dos hijos fueron a la guardería y después al colegio, nunca te gustó ir a recogerlos o a llevarlos.

No eras un buen ejemplo para los niños, fumabas porros, esnifabas coca y empinabas el codo todos los fines de semana. No les ayudaste y te desentendiste de sus deberes, ni siquiera los acompañaste a leer un cuento en la cama. Pero el poco tiempo que les dedicabas durante las comidas o cenas estabas con ellos encantador y dulce. Los niños como yo te queríamos y te adorábamos.

Hubo una época en nuestro matrimonio un poco difícil, pero la solventamos bien, cuando falleció tu padre parte de la herencia la invertiste en bonos y otra gran cantidad la utilizaste para reencontrarte con los juegos de tu época juvenil, a diferencia, las apuestas eran más altas y las partidas más arriesgadas. Hasta tal punto que aquella época perdimos la inversión en bolsa y todo el dinero en juegos de azar derivó en un endeudamiento serio.

Te convencí para ingresar en un centro especializado para tratar el conjunto de adicciones del alcohol, drogas y juego que te estaban llevando a una espiral autodestructiva.  

Durante ese tiempo mis amigos me apoyaron económicamente, y afortunadamente me ascendieron en el trabajo con una nómina más elevada. Me apreté seriamente en cinturón, para pagar las deudas y tu internamiento, los niños también colaboraron en no pedir ningún extra, y en un año volvimos a ser los de siempre.

Tú saliste motivado con un mayor crecimiento personal, mejoraste tu reputación de tu vida escandalosa, teníamos todo lo que habíamos deseado. Nuestros hijos ya se habían independizado. Nos quedaban pocos años para que llegara nuestra jubilación.

Y de pronto, de un día para otro, sin nada que me lo hiciera suponer me pides el divorcio. Separarme me destroza, no me importa compartirte, pero necesito olerte por las noches, rozar tu hombro.

Estar a tu lado es lo único que necesito.    


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Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.