Nicolás. Parte 15. Final

(Continuación)

Muchos años después en su despacho de Notario sentado en el butacón abatico y con profunda tristeza contemplaba, entre sus manos, la fotografía junto a Maica en el club de tenis Osca. La colocó allí encima de la mesa de su despacho el primer día que abrió la Notaría.

Aquella tarde en un momento de lucidez, se dio cuenta que no fue consciente que se había encerrado en aquella habitación de la pensión madrileña que le mantuvo aislado preparando las oposiciones durante cuatro años. Mientras la vida en el exterior había continuado galopando a todo ritmo ¡Entonces no lo supo ni ver!

Con el correr de los años reconocía que había trabajado duro y desperdiciando años aprendiendo febrilmente leyes que carecían de interés para él. Permanecía soltero. No le gustaba. Ganaba más dinero del que podía gastar. No se vanagloriaba de su éxito, todo lo que le rodeaba era trabajo y dinero. Nada más.

Se puso andar a grandes zancadas por el despacho como un ser atormentado. Una confusión de ideas, se amontonaban y le dolían tanto al apilarse en su interior que se convertían en espinas en su corazón al mirar y sostener la fotografía entre sus manos. Allí solo, hablaba en voz alta a un fantasma ilusorio para que le escuchara en la penumbra de la habitación. La oscura memoria se liberaba de la pesada losa que la tenía amordazada. Ahora por primera vez estaba siendo sincero consigo mismo sin artificios.

Un huracán de recuerdos le atormentaba y entraban en sus pensamientos sin llamar se asomaba con imágenes y sonidos conocidos. Recordaba como su hermana le contó meses después por teléfono que Maica le había empaquetado toda su ropa y se la había mandado a Huesca con un mensaje, escrito en letras mayúsculas y con letra firme y rotulador rojo. “Eres un niñato” .

Nunca le pidió que volviera. Posiblemente Maica había tenido la clarividencia de conocerle mucho mejor que él mismo hacia su persona.

̶Arrugó la frente visionando una cadena de imágenes y escenas del pasado tangibles que se agolpaban. Una muy marcada y especial era la boda de Ricardo y Maica y lo nervioso que se puso cuando oyó decir a Maica en el altar frente a Ricardo ̶ “Yo te quiero a ti como legítimo esposo y me entrego a ti. Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”.

En aquel momento intenté dar la impresión que había superado la separación y que había reanudado mi vida, pero en mi interior me sentía inquieto, nervioso y agitado. Todos parecíamos estar afables y felices.

Ya habían pasado siete años de mi huida y, yo al menos, en aquel encuentro quise demostrar que nuestro amor había sido simplemente un amor de juventud, aunque en mi fuero interno sabía que no era cierto. No quería que nadie se percatara que todavía la amaba.

Durante la ceremonia imaginó a Maica haciendo el amor con Ricardo, tenía el paulatino convencimiento de que debía existir una diferencia abismal con las ardientes y apasionadas noches que nosotros habíamos pasado juntos. Las emociones, los olores y las imágenes de aquella melena alborotada y de sus pequeñas manos sobre las sábanas seguían permaneciendo guardadas en lo más recóndito de mi cerebro.

Las predicciones de Ricardo Gutiérrez de la Mata las había cumplido, se había dedicado a la política y había triunfado siendo consecuente con sus metas. Había sabido ganarse el cariño y afecto de su exnovia cuando él la había abandonado.

Estaba exhausto se sentó en el sillón y al minuto se levantó. Un sudor frio embotaba sus sentidos, se fue a la ventana, la abrió y una ráfaga de aire fresco entró en la habitación. Ahora Maica vivía con Ricardo lejos de su Notaría a cientos de kilómetros de distancia, ni siquiera podía verla. No había ejercido de abogado porque le había dedicado todo el tiempo a Ricardo. Aquellos planes que habían elaborado juntos se habían transformado en humo. Los sueños y expectativas se habían desvanecido. Ninguno de los dos los había cumplido.

Esa tarde en la penumbra un poco más lúcido que otras veces, se extravió en sus pensamientos y recuerdos. Recorrió mentalmente los años pasados de algunos fragmentos de su vida más significativos. Estaba fermentando todas las heridas dolorosas sin cicatrizar.

Sacó una botella de Glenavon Special que tenía guardado en el armario como una pieza de coleccionismo y empezó a beber a grandes sorbos en un vaso sin hielo.

̶¿Qué era en la vida lo esencial? ¿Lo que nos dicen de nosotros? o lo que creemos por nosotros mismos.

Nadie respondió a su pregunta porque estaba en la más absoluta soledad en su despacho. Hablaba en alto como si su fantasma le pudiera responder.

̶Algunos seres humanos como yo, cuando somos jóvenes incautos, sin experiencia, nos vemos con una imagen equivocada, fruto de la que han elaborado otras personas ajenas a nosotros y que nuestras decisiones también pueden lastimar a las personas que amamos.

̶̶Toda mi juventud he tenido una disciplina férrea. La obediencia se había convertido en una forma de vida y nunca me atreví a desobedecer a mi madre. He sido un saco de inseguridades apegadas como garrapatas a mi mente que no me han dejado reflexionar. Las opiniones y lo que decían de mí, incluso las personas que más quería, las acepté como válidas.

Las expectativas que tienen los demás son las que más sufrimiento nos producen. En mi ejercieron tanto poder que anularon mi capacidad de raciocinio, di muchos pasos en falso  ¡Por qué no lo había comprendido años atrás!

Le seguía haciendo falta beber y de nuevo se sirvió un segundo vaso de whiskey que lo apretó con fuerza como si el fantasma se lo quisiera arrebatar.

Sentía unas ganas irresistibles de llorar, pero no hizo ningún esfuerzo por evitar que las lágrimas salieran hacia sus mejillas. Pocas veces manifestaba sus emociones. Recordaba que la última vez que había llorado había sido en el fallecimiento de sus padres por aquel fatal accidente de tráfico.

Cerraba los ojos con fuerza mientras bebía a grandes sorbos haciendo ruido, empezaba a sentirse arrastrado por el alcohol, aunque la mente seguía siendo lúcida.

En el sumario de su vida, ahora con la distancia de los años descubría que, en un alarde de ingenuidad como una estúpida criatura no les había dado valor a sus pasiones, a sus metas ¡Había destruido sus sueños!  Y para remate, no había servido para nada todo su sacrificio.

Laura había sido finalmente diagnosticada del síndrome de Munchausen, un trastorno facticio víctima del abuso de su madre. Después de ser tratada por uno de los mejores psiquiatras de Madrid, había conseguido curarse y reanudar su vida tras el fallecimiento de sus padres.

Muy poco veía a su hermana, una vez cada dos o tres años, desde que se había ido a vivir a la lejana Nueva Zelanda con su esposo. Se llamaban por teléfono en ocasiones contadas Navidad y cumpleaños.

Cuarenta años después, todavía seguía vivo y se percataba que había hecho una mala elección en la trayectoria de su vida. Odiaba su patética vida y tenía sobrados motivos para detestarla. No era feliz, ni lo había sido desde que se fue a Berlín y no volvió a Zaragoza.

En todos estos años no había probado otros besos tan dulces como los de Maica. Estaba plenamente convencido que seguía enamorado de aquella mujer de ojos verdes que era la única que había sido capaz de despertar sus pasiones.

̶¡Dios mío de no haber tomado la decisión errónea! ¡Cuántas cosas hermosas podrían haber ocurrido!

Tenía que esperar a que llegara la vejez que ya asomaba en la más estricta soledad con la convicción de que aquella felicidad nunca la podría recuperar porque nadie puede volver del ayer. Nadie.

FIN

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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