Nicolás. Parte 11

(Continuación)

Esa noche M.ª del Carmen, llevada por la preocupación, llamó al móvil de su hijo.

─Hola mamá ¿Qué cuentas?

─Quería saber cuándo vienes a Huesca. Enfatizando cada sílaba dijo hace más de quince días que has terminado los exámenes y tienes las notas. ¿Qué te retiene allí?

Se bloqueó, no sabía que decir y tras una pausa, afirmó de forma contundente

─Cosas que tengo que hacer.

─ ¡Cosas! Qué cosas, no será tu amiguita Maica que te tiene bien agarrado.

Volvía a no saber que decir.

─Que va, mintió Nico. Hay mucho papeleo de fin de carrera que tengo que arreglar todavía en a la universidad.

─No me vengas con pendenjadas Nico, que no nací ayer. Lo que te está entreteniendo en Zaragoza es esa morena de ojos verdes. No otra cosa ─Piensa que tenemos un viaje preparado a Berlín toda la familia, si no lo fastidia Laura como tiene por costumbre, contigo lo pasaremos bien y nos servirás de intérprete. Por otra parte, está la academia de las oposiciones de Notarías donde ya tienes reservada la plaza desde hace meses y ya tenemos que pagar la matricula. Así que déjate de bobadas. Y con una reacción imperativa y altanera le expuso, prepara las maletas es indispensable que este fin de semana vengas a casa. Y sin esperar respuesta retiró el teléfono sin darle tiempo a despedirse.

Nada más colgar, se dirigió a Pedro y Laura con expresión irritada.

─ ¡Este hijo nuestro y tú hermano Laura, sí tu hermano! es auténticamente bobo. Menudo fantoche. Estoy muy preocupada y decepcionada, no tiene ninguna experiencia y con la primera mujer que se tropieza quiere tirar todos sus proyectos.

─ ¡Y, eso vive Dios! no lo voy a consentir, dijo, crispada de furor.

─Vamos M.ª del Carmen, no te pongas así pareceres una mujer celosa, más que una madre.

─Mira Pedro, pareces un pamplinas, los hombres a menudo perdéis los papeles por unas faldas. Y eso, escúchame eso, no se lo voy a consentir a nuestro hijo.

─Mamá, repuso Laura te estás saliendo del tiesto. Nicolás tiene 24 años y puede y debe tomar tus decisiones, y no debes interferir en su vida.

─¡Tú te callas! Lo único que debes tener en cuenta es no olvidar, ni confundirte. Te tomas las pastillas antihipertensivas de tu padre o como la última vez los antidiabéticos de la tía Teresa o los anticoagulantes del tío Ernesto. Eres un auténtico desastre.

─ ¡Jesús qué Cruz! yo siempre pendiente de todo.

Laura estaba estudiando arquitectura cuando tuvo el accidente de moto. De eso hacía más de cinco años. Estuvo gravísima, había perdido la conciencia y durante más de diez días estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos. Le salvaron la vida, pero desde entonces siempre requería atención médica por diferentes dolencias.

A partir de aquel terrible accidente, dejó los estudios y volvió a la casa familiar. Su madre le cuidaba y buscaba su atención continuamente. Tenía síntomas contradictorios, convulsiones, pérdidas de conocimiento, dolores de cabeza, de estómago y raramente respondía a las terapias habituales.

Era una mujer joven que en cierta manera parecía desprotegida. Su madre había buscado diferentes médicos pidiendo consejo y le habían sometido múltiples pruebas. Estuvo en varias ocasiones hospitalizada, parecía que no acertaban con el diagnóstico. No mejoraba, pasaban los días , los meses y los años cada vez con todo un cajón de molestias diversas.

A Laura en el fondo sus padres la querían, pero no podían controlar su conducta disfuncional, le consideraban imperfecta y en muchos momentos invisible. Los proyectos familiares se centraban únicamente en Nicolás.

Cada semana Laura acudía a la psicóloga, le hablaba de sus angustias y preocupaciones y le explicaba lo incómoda que se sentía en casa. Todas sus frases eran entrecortadas y confusas. Era terrible confesar sus problemas en alta voz, ni ella misma podía escucharse, ni encajarlos. Estaba llena de inseguridades y obsesiones. La psicóloga le había propuesto en más de una ocasión que acudiera al psiquiatra, pero siempre lo había rehusado.

̶̶ Laura me estás escuchando, parece que estas en babia. Le lanzó una mirada de reproche y desdén de su garganta y emitió con voz temblorosa̶ claro que te escucho mamá. Es que hoy no me encuentro bien, tengo un dolor terrible de estómago.

Aunque su cuerpo estaba allí, como de costumbre, su mente estaba en otro sitio. Mientras se dirigía a su habitación enfurruñada para tumbarse en la cama porque sentía nauseas, finalizó diciendo:

̶¡Es lo único que hago escucharte, blablablá! Para sentirme más desdichada cada día.

No hubo respuesta, e inmediatamente se produjo un gran silencio.

(continuará)

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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