Mujer del pañuelo rojo

Parecía un día cubierto por un cielo plomizo que se había tornado gris y, pero no era así. Era como Marta lo veía a pesar de que los rayos del sol irrumpían con una luz intensa sobre las cristaleras del dormitorio.

Durante toda la noche no había parado de llorar y sus ojos enrojecidos le escocían y picaban. Sentía una opresión en el pecho, respiraba con dificultad y se sentía mareada, su mente se nublaba y tenía dificultades para retener recuerdos de su vida con Cristóbal. Se le mezclaban demasiadas cosas en la cabeza, las imágenes le pasaban como fotogramas con la rapidez de un relámpago sin poder analizarlos, ni comprenderlos.

Se había quedado sin lágrimas, la sequedad en la boca le dificultaba hablar Ningún ruido le llegaba de la casa, solo había silencio. Estaba sola. No podía gritar para soltar todos los nervios que la asfixiaban.

La tarde anterior de imprevisto Cristóbal de forma insolente le había confesado que había decidido irse a vivir con su amiga Lucia. Mientras se lo comentaba, se dejó caer en el sofá con desgana. Marta se quedó estupefacta, ni siquiera se dirigió a ella para hablarle frente a frente, con un contacto visual sino que lo hizo de espaldas.

A pesar del dolor que le causaba oírlo,  y por muy paradójico que pareciera estaba dispuesta a perdonarlo. Un leve desliz era algo que podían resolver juntos. A ella no le hubiera importado perdonarle. Pero no le dio la oportunidad de poder hacerlo.

Cristóbal le había dicho con rotunda claridad, mientras recogía su ropa de forma rápida en su maleta que era una despedida definitiva.

Con un gesto de impotencia tuvo la tentación de agarrarle con sus manos para retenerlo. A la vez deseaba clavarle las uñas, zarandearle y tumbarle. Nerviosa y molesta, no pudo hacer nada. Estaba inmovilizada como una estatua de piedra.

Cristóbal se dirigió por el pasillo hacia la puerta arrastrando la maleta con paso firme sin ningún titubeo, sin mirar hacia atrás. Fue una despedida sin un abrazo, sin un beso en la mejilla. Solamente se le oyó en la lejanía murmullo de voz con un adiós insípido, frio y metálico.

Marta le miró con furia mientras se alejaba, se apoderaba en su interior una mezcla de sentimientos compulsivos opuestos, odio y amor, amor y odio. Era consciente que habían terminado.

Durante la noche sola en casa tumbada en la cama estuvo sin poder conciliar el sueño intentando analizar su amargura. Valiente destino. No podía comprenderlo. De algún modo le seguía queriendo a Cristóbal y mantenía una atracción indefinible.

En plena crisis de angustia y en un momento de rabia rasgó su ropa, rompiéndola violentamente y tirándola por el aire esparciéndola por la habitación. Ya desnuda se había sentado sobre la cama acurrucada, cubriendo su cuerpo desde la cabeza hasta los pies con un gran pañuelo rojo que le había regalado Gabriel.

Ahora al amanecer seguía envuelta en su pañuelo, entre hipo e hipo, pensó en recoger los jirones de ropa desordenados que la noche anterior había esparcido por el suelo. Al incorporarse vio una camisa de Cristóbal olvidada, la cogió, la agarró con fuerza y a continuación se la acercó a la cara para olerla. Así se pasó todo el domingo sin poder pensar en nada más.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.