Magia

Un jueves por la tarde mientras estaba escuchando un videochat noté un fétido olor a baquelita, no hice mucho caso y proseguí atendiendo la charla.  Aumentaba el tufo, y sin ganas, me levanté hasta la cocina, miré a mi alrededor y no vi nada encendido.

Pensé que el olor debía haberse colado por alguna ventana entreabierta del cuarto de baño, desde el patio de luces. Cerré el ordenador y lo olvidé.

̶ ¿Has visto esto? Me dijo Mario

̶ ¿Me estás escuchando?

̶ Escucho casi todo lo que me dices.

̶ Eso no es lo que te he preguntado,

̶ ¿Si has visto estos bafles? Mostrándome los pequeños altavoces que estaban detrás del ordenador.

 ̶  ¡Jesús! Se ha derretido la carcasa de policarbonato. Será mejor que los desenchufes.

̶ Claro.

̶ ¿Tienes la comida preparada? Me dijo.

Yo seguía mirando los bafles con incredulidad.

̶ ¡Demonios!, quieres hacerme caso de una vez.

̶ Si quieres comer, empieza a cocinar y si no ya sabes lo que te espera, irte al restaurante.

̶ Te lo diré alto y claro. Me tienes más que harta, si necesitas una cocinera.

¡Vete con tu mamá!

Pasamos el domingo tranquilo viendo la tele y respondiéndonos con monosílabos.

El lunes después del trabajo lo único que tenía que hacer era cambiarme de ropa y salir al encuentro de mis amigas. Llegaba tarde a la cita. Era un día caluroso y mientras me desnudaba en la penumbra de mi habitación, oí un ruido estrepitoso ¡plaf! Salí al salón y descubrí que un esquinero se había desprendido de la pared y había caído al suelo. Lo dejé tal como estaba y me fui.

Me gustaba salir por las tardes al menos un día a la semana. Antes del aborto, asistía regularmente a las clases de yoga. Ahora las había abandonado. Tenía más necesidad de hablar que de moverme era como si algo se le hubiera quedado dentro de mi alma, ni lo tragaba, ni lo vomitaba. No me sentía bien, ni segura de mí misma.

Los fines de semana eran aburridos, me quedaba durmiendo hasta tarde. Siempre la misma rutina me vestía y salía a desayunar y comprar el periódico, volvía preparaba la comida, por la tarde leía un poco en el sillón y por la noche juntos veíamos la televisión. Así uno detrás de otro.

Mario era muy callado nos comunicábamos poco, y lo poco que hablábamos, mentía incluso en cosas intrascendentes.  Nuestras discusiones aunque no siempre ganaba, jamás daba su brazo a torcer. Yo había optado por hablar lo menos posible, ni siquiera le hacía notar mi incredulidad.

Era un hombre que me atraía, tenía buena planta con cabello liso, castaño y con un pequeño bigote. Vestía siempre con trajes azules o beiges acompañados de camisas lisas muy bien seleccionadas, raramente usaba corbata. Trabajaba en el edificio Roma en la tercera planta de una sucursal de  “García & García” salía de casa temprano y volvía muy tarde. Le gustaba dormir con camisetas viejas porque decía eran más suaves y nunca usaba pantalón.

Esa noche olía a Givenchy, llevaba una camiseta rosa palo. Me fijé en él y llevé mi mirada más allá de su ombligo. Se desnudó como un Adonis frente a su esclava, mientras cogía un libro para leer.

Me acerqué y le besé la espalda, mi mano izquierda la puse en sus nalgas intentando rodearlas. Mario sin ninguna muestra de emoción, me agarró el brazo bruscamente y lo retiró.

̶ No estoy para tonterías, ¡Déjame!

En mi fuero interno, lo odiaba ¡Jesús! Como lo odiaba. Hay momentos que hubiera dado media vida por estrangularlo. Esperar a que cambiara era estúpido y absurdo.

Me giré entre lágrimas. Entonces me di cuenta de que el marco del cuadro colgado en la pared se había abierto en una la esquina, donde aparecían las pequeñas puntas de acero.

Entrada la noche un fuerte ruido me despertó, el cuadro se había caído al suelo y estaba destrozado por el golpe. Me levanté de la cama, puse los trozos del marco en una esquina, y me volví a dormir.

̶ Lamento lo de anoche, dijo Mario

̶ Da igual. No pasa nada

Esta tarde arreglaré el cuadro

 ̶  ¿Algo más se va a romper en esta casa?

 ̶ Y yo qué sé, no vendo pronósticos.

Estaba recogiendo la ropa de Mario para meterla en el armario cuando se cayó del bolsillo un cuadrado plateado. Lo miré sorprendida.

̶   ¿Mario qué es esto?

̶   Lo sabes.

 ̶   Sí, lo sé.

 ̶  ¡Oye, no estarás teniendo…!

̶  ¡Oye, María, eres inteligente!

̶   ¡Oh, vaya lo estás teniendo!

̶   Estaba buscando el momento para decírtelo ¿Sabes?

   Pero yo creía que…Lo habías dejado.

̶   No, exactamente.

̶ Ayer estuviste con ella. ¿No?

̶   Así es.

̶ ¿Por qué, antes no has intentado arreglar lo nuestro?

̶ Ojalá pudiera, de verdad, pero no puedo.

̶ ¿Por qué?

̶ Porque…. Se produjo un silencio.

̶ ¡Oye, soy mayorcita los soportaré! ¡Dímelo!

 Mario hizo una pausa y me dijo:

̶ Estoy enamorado de Cristina a pesar de la diferencia de edad.

̶ ¡Ah!

No pude seguir hablando. Noté como si un tren me pasara por encima, dejé de respirar por unos segundos .Levanté la barbilla y le lancé una mirada con un gesto despectivo.

Mario se fue.

No se volvió a caer, ni a quemar nada en casa.

Reapareció el equilibrio por arte de magia.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.