Lula

Lula era una de esas mujeres que a todo el mundo le caía bien. La conocía desde hacía tiempo porque era amiga de mi hermana Paula. Lula hablaba despacio con un tono corriente, quiero decir, ni aflautado ni chillón. Había que prestar atención a sus palabras para entender lo que decía.

¡Pero qué digo yo! Si casi no hablaba, más bien escuchaba en silencio al interlocutor, sin interrumpirlo.

No se puede interpretar que fuera callada. No, en absoluto. Pero su comportamiento era tan exquisito con la gente que siempre tomaba mucha más atención por oír todo lo que decían que por hablar.

  • ¡Hola, Mario! ¿Qué haces?  Me dijo con una voz tenue
  • Hola, Lula, aquí estoy esperando el bus, respondí con cierto aturdimiento, notando que me subía calor a la cara. ¡Pardiez! Pensé espero que no me esté sonrojando.
  • ¿Tienes prisa?
  • No, asintió, mirándome fijamente
  • Te invito a tomar un café, hace tiempo que no nos vemos. Permaneció de pie, hubo unos segundos de silencio y contestó con un suspiro apenas perceptible ¡De acuerdo! Y me cuentas como está Paula. Mientras nos dirigíamos a la cafetería le conté que iba a visitar a mi novia.
  • ¡Ah! Respondió de nuevo – Sin más-

La cara de Lula, mostraba una leve sonrisa en la que se entreveían sus dientes y unos ojos profundos que brillaban cuando te escuchaba, sin que sus párpados pestañeasen ni una sola vez. Yo creo que cuando llevas un tiempo escuchando, alguna vez pestañeas, incluso cierras levemente los ojos. A Lula no le ocurría.

  • Anoche discutí con mi novia,  le dije en un alarde de sinceridad.
  • ¿Y…? Respondió lacónicamente mirándome con esos ojos negros profundos
  • No sé Lula, tengo días que dudo de todo. Estoy confuso, creo que en el fondo no estoy enamorado.

Si en algún momento se producía un silencio en la conversación, ella pacientemente esperaba a que reanudaras la charla. En esta ocasión, se produjo una larga pausa. Yo deseaba que reemprendiera la conversación. No me respondió. Ni cambio de tema para preguntarme por mi novia o por mi hermana. Tampoco me hizo partícipe de sus pensamientos.

Me hubiera gustado oírle. Pero solo movió el mentón sin cambiar el rictus de su cara y me miró fijamente como si de una estatua se tratara. Lula rompió al fin el sigilo.

  • Mario, no te dejes atrapar por los sueños, participa de la realidad.

Entonces fue cuando recordé como ella aparecía en mis sueños. Lula con su pelo negro azabache, pómulos algo salientes, que le daban una expresión facial enigmática. Cuando respiraba sus aletas de la nariz se movían rítmicamente como las olas del mar en un día pausado y tranquilo. Andaba contorneando ligeramente las caderas, los brazos los movía al ritmo de las pisadas con una elegancia que parecía estar bailando un vals. Vivía con placer como si el tiempo no le marcara las horas, no iba tras el tiempo sino junto a él.

Cualquier lugar real o imaginario, si Lula estaba a mi lado le daba un valor, y pasaba formar parte de mis recuerdos. Creo que en su presencia me convertía en un tipo tonto y raro. No era yo mismo.

  • Si no estás enamorado. ¡Déjala! Me dijo, mientras me agarraba fuertemente de la mano.

Inmediatamente, se levantó dirigiéndose a la puerta y esbozó una leve sonrisa al despedirse.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.