Las clases de piano

Las ciudades tienen su propia atmósfera y destilan características peculiares, alguna su imagen va acompañada de música, como de la que les voy hablar hoy. No sé si todo el mundo coincide con mi apreciación que pudiera estar equivocada para otros ojos, para otros sentidos, pero no para el mío.

Mi infancia estuvo acompañada de sonidos y música, coexistían las campanas de la iglesia con el croar de las ranas del rio, la fritura de los discos de vinilo y las rondallas nocturnas bajo los balcones.

Es una de las razones principales que encuentro para entender por qué empecé a tocar mis primeros arpegios en el piano a los siete años. Había otras: un padre que adoraba cualquier sonido armónico, un sinnúmero de profesores de música de instrumentos de cuerda cercanos y estar rodeada de pequeñas orquestas.

Mi profesor de piano era un hombre alto, corpulento con bigote negro que tenía la costumbre de enrollarse los pabellones auriculares dentro del conducto auditivo, deduzco que debía carecer de cartílago. Aunque para nada, aquella práctica le disminuía la audición, ya que al presionar una tecla equivocada por confundir un bemol con un sostenido te aplicaba la vara de almendro. A la vez que te fustigaba las manos, la hacía pasar por encima de las 88 teclas produciendo un ruido ensordecedor y seguidamente debías ejecutar de nuevo la pieza sin permitirte ningún error.

El primer año, como otras compañeras de clase, tuve que preparar las partituras en su casa, antes de que mis padres me compraran un piano. La otra alternativa que tenía era ir a casa de mis abuelos donde era imposible estudiar porque aquel instrumento musical en ocupaba una esquina del salón, nunca lo afinaron.

Para ensayar a mí me tocaba ir a la hora de comer. A diario entre sonatina y sonatina escuchaba las riñas domésticas que llegaban desde la cocina.

Durante las clases no nos permitía que se le interrumpiéramos, hablaba con entonaciones y desde la distancia como si estuviera en un púlpito. Además nos obligaba a las alumnas a ir a clase con ropa decorosa, es decir, con mangas y sin pantalones, algo muy impropio para aquellos tiempos.

Tenía una voz grave, a menudo la utilizaba con artimañas para asustarnos a las más pequeñas, mientras que con las alumnas de más edad ya pollitas sus modales y gestos, vistos ahora con la distancia tenían cierto aire lascivo.

Consiguió con sus desvelos y rigidez que todas las alumnas sacáramos notas brillantes en los exámenes por libre en el Conservatorio de Música.

Aquellas primeras enseñanzas musicales de mi infancia dejaron una huella que encarnaba un estilo y una actitud que no lo volví a encontrar con el paso de los años en ningún otro profesor, ni el colegio de monjas, ni en la universidad.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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