La vecina

Llegaba a casa a las 12:45 una hora inhabitual para un martes 21 de octubre. Bajé del autobús con prisa, sin tenerla, por el hábito marcado por los años de correr siempre sin prestar atención a lo que me rodeaba en exterior. Muchas veces me ocurre tener prisa sin un motivo concreto, y me comporto por costumbre como si cada instante de la vida se me escapara entre las manos sin poderlo atrapar.

En el portal me encontré a varias personas esperando el ascensor. Algo inusual en este edificio, que lo conozco desde hace más de dos décadas, pero desde la pandemia con el uso obligado de mascarillas, ha convertido a los elevadores como pieza única individual que raramente se comparte.

Intenté concentrarme en algo banal mientras llegaba mi turno pero no encontré ningún motivo que me sedujera. Miré a mis vecinos con ánimo de reconocer a alguien con quién entablar una conversación insulsa. Todos parecían parecía absortos observando con atención los leds rojos que parpadeaban en la pared. No reconocí a nadie aunque alguna de aquellas caras me resultaba familiar, pero nada más.

Estaban un joven melenudo de aspecto raído con unos auriculares insertados en las orejas que sacudía lentamente la cabeza. Unos escasos metros le separaba de una señora gordinflona de mediana edad con los ojos pintados de un azul chillón y a su lado casi rozando un hombre alto, corpulento de tez morena y pantalones grises que con cierta dificultad se sostenían bajo un vientre prominente. La más cercana a mi lado era una señora mayor menuda a la que nunca la había visto. Tenía con pelo canoso peinado con ondas, su espalda ligeramente curvada. Transportaba una bolsa ligeramente abierta donde asomaban hojas verdes, cebollas y puerros.

Mientras esperábamos la había apoyado en el suelo y confería al hall un aroma fuerte azufrado de las hortalizas. La cara de la anciana estaba congestionada y daba signos de fatiga. Era la única que no miraba las luces, sus ojos medio entornados los dirigía al suelo y parpadeaban con insistencia.

Llegó su turno y me invitó a pasar con ella al ascensor, accedí y agarré su pesada bolsa. Ella amablemente con un gesto me lo agradeció y algo dijo tras su mascarilla que no entendí. Marcamos los botones de subida, yo vivía siete pisos más arriba. Paró en el tercero y me ofrecí acompañarle llevándole la bolsa hasta la puerta. Abrió las dos cerraduras y me invitó a entrar. Llegué a la cocina tras un corto pasillo. La casa estaba limpia con unos muebles discretos que por su disposición y decoración transferían una sensación de que el tiempo se hubiera parado.

̶Llevo más de veinte años viviendo aquí, y añadió ahora estoy viuda. ¿Quiere sentarse y tomar algo?̶  No gracias, rehusé con una mentira, no me puedo quedar porque me están esperando. Me despedí y me fui como si tuviera prisa.

Mientras me dirigía a mi apartamento iba pensando que esta mujer pertenecía al colectivo de 350.000 personas mayores que viven solas y sin ayuda, en Barcelona. También yo, había colaborado a mantener la soledad de esta anciana. Ni siquiera le pregunté su nombre.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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