La larga historia de Victoria. Parte 3

─Hola mamá ¿qué tal estás? Sonreí de forma forzada.

Me lanzó una mirada cariñosa que me provocó un nudo en la garganta.

─Mucho mejor cariño, pasé unos momentos en UVI donde pensé que me moría. Con la fiebre he tenido pesadillas. Ahora ya sé que me pondré bien, me han dicho los médicos porque he respondido al tratamiento antibiótico.

─Lo sé mamá a mí también me lo han dicho. Hasta que te recuperes vendré al hospital todos los días hacerte compañía. Tenemos mucho de qué hablar y me tienes que contar muchas cosas. No soy una niña ya tengo dieciséis años.

─No tan mayor Victoria, pero tienes razón hemos estado mucho tiempo separadas y ha habido un gran distanciamiento entre nosotras por culpa de tu abuela.

Ya me imagino que no entendiste mi ausencia en el funeral. La última vez que nos vimos, el verano que fui a visitarte, tuvimos una larga discusión. Sé que a los moribundos hay que perdonarlos ¡Su muerte fue tan repentina! Y yo ya me encontraba mal, así que en el último momento decidí no ir. Ya muerta tampoco íbamos arregla las cosas.

Tenía pensado ir a buscarte ─Tendrás que perdonarme Victoria, contigo tampoco lo hice bien. Todas las circunstancias se precipitaron sin darme tiempo a reaccionar ¡Ojalá pudiera olvidarme! No quiero que me malinterpretes.

─Bueno mamá, no te preocupes. La miró fijamente muy seria ahora lo importante es que te recuperes y te pongas bien. Iba a contestarle, pero prefirió guardar el secreto y no decirle nada del suicidio de la abuela. Arrastró la silla hacia la cama, se acercó dándole un beso en la frente.

─Verás Victoria creo que ha llegado el momento de que conozcas tus orígenes y las razones que me indujeron a dejarte con tus abuelos. Nuestra relación de madre e hija debe basarse en la sinceridad. No pretendo que me perdones por haberte abandonado y separarme de ti. Deseo que sepas lo que me indujo hacerlo, sus palabras salieron rodando como si nos las hubiera pensado.

Se sintió cohibida y se puso a escucharla atentamente. Herminia colocó la mano derecha en la espalda de Victoria y le fue hablando poco a poco muy lentamente.

─Cuando yo tenía tu edad era muy religiosa a diferencia de mis padres, dijo sin mirarla. En la aldea venía un sacerdote del pueblo próximo a celebrar misa y confesar además de los actos litúrgicos extraordinarios bodas, entierros y algún nacimiento.

Don Ricardo tenía 23 años siete años más que yo cuando nos conocimos. Era un hombre atractivo, tenía unos ojos de un color verde intenso, los pómulos altos y anchos y una sonrisa angelical. La ropa que llevaba era de clérigo, una sotana negra de tela rígida con alzacuellos blanco que le hacía más alto y esbelto. Era un joven risueño destacaba con su ropa negra el pelo castaño claro y la barba lampiña.

Hablaba con un lenguaje entendible que yo comprendía. Comenzó por decirme ya en el confesonario que le llamara Ricardo, hablábamos mucho y me sentía muy bien con él. Me enamoré locamente, viví una apasionada historia de amor. Tenía un montón de expectativas dejaría el sacerdocio, ya que había perdido la vocación. Ricardo me prometió amor eterno y que se saldría del sacerdocio y nos casaríamos. Nuestros proyectos eran instalarnos en Argentina. Me engañó se aprovechó de una ingenua adolescente.

─Quizá te estoy dando un largo discurso, Victoria.

En ese momento se abrió la puerta y dos enfermeras entraron en la habitación. Una de ellas se dirigió a mi madre

Madame Vivancos preñez ces pilules, dijo una de las enfermeras, mientas le acercaba un vaso de plástico con agua.

La otra sin pronunciar ninguna palabra le puso el aparato de tensión en el brazo echó una mirada significativa en el lector y escribió en un papel.

Le dio un trago rápido con las pastillas, se detuvo un momento, se frotó los ojos y prosiguió hablando Herminia.

Intentaba recordarlo todo para que conociera su hija toda la verdad, le importaba un comino ya lo que dijera la gente. Sus padres habían fallecido y ahora se sentía más libre que nunca. Necesitaba hablar con su hija Victoria, siempre le había resultado muy complicado cuando vivía la abuela Faustina. Ahora mismo era el momento oportuno y casi a bocajarro atropelladamente le dijo:

─Si te hablo de Don Ricardo es porque es tú padre

Victoria se giró hacia ella y la miró completamente alucinada

─!Quéeee ¡

─Eso no me los esperaba, siempre me habías dicho que mi padre había muerto.

Herminia hablaba, y hablaba sin escuchar lo que le decía su hija, moviendo las manos, como queriendo representar una escena.

─ Tus abuelos eran unas personas preocupadas por lo que pensaran los demás. Yo estaba terriblemente enamorada de Ricardo, me quedé embarazada a los seis meses después de conocerlo.

Un día Ricardo fue a pedir la dispensa del obispo cuando yo estaba de cuatro meses. No debería estar muy seguro de nuestro amor o lo engatusaron porque cuando volvió, había cambiado de proyectos. Años después descubrí que él era un encantador de serpientes.

─¿Y qué pasó después… pregunté asombrada? Me notaba tensa quería relajarme, pero algo interior me lo impidió. Me acerqué hacia la cama y tendí la mano.

─Victoria cuando mis padres se enteraron pusieron el grito en el cielo. Ricardo lo único que hizo por nosotras fue buscarme una casa de acogida de pro-vida para madres solteras

 ─¿Y dónde está ahora? Preguntó ávida de información.

─ No lo sé.

En la habitación quedaron suspendida un suspiro entrecortado, le costaba hablar, tragó saliva.

─.¡Me jodió la vida,! Sabes, ¡Me jodió mi puta vida!

─Bebe un poco de agua mamá

─Gracias por el agua.

Hace dieciséis años el obispo lo envió a misiones, ni tuvo la decencia de ponerse en contacto conmigo.

Claro, años después me lo encontré.

Otro día te seguiré contando, hoy estoy muy cansada y me duele la cabeza. Creo que deberías ir con Teresa, te estará esperando con la cena puesta.

De acuerdo, descansa mamá. Tiró de las sábanas hasta la barbilla, le echó un mechón de pelo a un lado y la tapó bien. Nos despedimos con dos besos.

Al salir, enfilo hacia la calle principal, muy pensativa, no tomó el autobús, necesitaba que el viento lee azotara la cara entre las lágrimas fue andando intentando no pensar en nada. Compartir aquellos momentos con su madre había sido duro. Un día muy raro, lleno de una colección de emociones desbordadas, no se sentía preparada para digerirlas.

Tampoco entendía muy bien si su madre lo había hecho como confesión o como disculpa para explicar su comportamiento. ¡Ah el destino!.
Iba hacia casa con lágrimas en los ojos que le entorpecían la visión , todas aquellas que me había tragado en los últimos meses. Se enteró de muchas historias aquella tarde, aún tardaría meses en poderlas asimilar. Ahora necesitaba desconectar su cerebro. En la próxima visita al hospital tendría que preguntarle más cosas que aún no entendía.

Continuará

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.