La larga historia de Victoria. Parte 4

Abrió la puerta y ya desde la cocina salía un aroma de tortilla de patatas. ¡Hola, Teresa! Veo que estás preparando la cena con un plato que me encanta. Voy a cambiarme y te ayudo a terminar de cocinar.

─Ah ¡Victoria, antes dime cómo has encontrado a tu madre!

─Bien, cansada, pero estaba animada y toda la tarde ha estado hablando conmigo contándome cosas. No le quiso especificar de qué hablaron.

Teresa no le preguntó nada ─Esperemos que se reponga pronto.

Mientras cenaban la tortilla de patatas, ya sentadas en la mesa Teresa le dijo:

─¿Cómo te ves para quedarte unos días sola en Burdeos?

─Ir y venir del hospital a casa ya sé y para comprar en el súper, no tengo problema con las pocas frases que conozco de francés creo que me apaño.

─Colette, se ha ofrecido acompañarte al hospital para que haga de interprete por si los médicos te dan alguna noticia de tu madre. Podrá ir contigo, pero no quedarse.

─Victoria, si verdaderamente te angustia estar sola en este apartamento, yo no me voy.

─No te preocupes Teresa, sabré arreglármelas y lo que no sepa le pido ayuda a Colette.

Dentro de una semana empieza el mes de agosto, y es la única oportunidad que tengo de visitar a mi familia en España. Durante el invierno en las Navidades no puedo ir porque la fábrica de conservas está a tope de trabajo y solo tenemos libres los días festivos. Todos los años tu madre ha venido conmigo a casa de mis padres.

─¿Ya sabes tus abuelos te tenían prohibido que fuese? No sé qué tipo de papeles hicieron. Lo único que sé es que le quitaron la tutela a tu madre y tus abuelos se quedaron como padres adoptivos.

─Mis abuelos pocas veces me hablaban de mi madre. Mejor dicho, mi abuela, porque mi abuelo murió cuando yo era muy pequeña con cinco o seis años. Solo recuerdo de él que cuando se enfadaba conmigo me llamaba “hija del diablo”, me lo repetía con cierta frecuencia. Mi abuela no me hablaba ni bien, ni mal de mamá. Sencillamente no hablaba. Yo cuando fui consciente que tenía madre tampoco le preguntaba sobre ella, me sentía enfadada de que no viniera a verme. Cuando era muy pequeña a mi abuela le llamaba mamá y a mi abuelo papá. Lo único que me sorprendía era que tenía padres muy ancianos y poco cariñosos.

Quizá sobre los ocho o nueve años, no lo sé a ciencia cierta, una compañera de la escuela me dijo que no eran mis padres, sino mis abuelos. No la creí en el primer momento, luego otras compañeras aseguraron de que me decía la verdad. Conocer la verdad me hizo mojar la cama durante mucho tiempo.

─Cuando conocí a mi madre, sinceramente Teresa, no me gustó. Para una niña es muy difícil entender el comportamiento de los mayores.

─Quizá es posible comentó Teresa, se está haciendo tarde, vete a la cama que debes estar muy cansada. Yo recogeré la cocina, no te preocupes.

Teresa en la cama, antes de conciliar el sueño, recordó que tenía que hablarle a Victoria, pero pensó que todavía no era el momento. Y por la forma de hablar, estaba segura que su madre esa tarde no le había comentado nada ¿Cómo respondería, Victoria? ¿Lo comprendería?

Se fue a la cama, esperaría a decírselo a la vuelta de vacaciones. Con la decisión tomada se durmió.

La mañana del sábado salió resplandeciente, mientras desayunaban; Teresa lo comentó

─¿Qué te parece Victoria, salir por Burdeos? Tengo que comprar algunos regalos para llevar a la familia y de paso te enseño la ciudad. Llevas aquí unos días y el único trayecto que conoces es ir de casa al hospital. Por la tarde iremos juntas a ver a tu madre.

─Me parece estupendo. Los días soleados le conferían a Victoria un cambio de ánimo que le hacían sentir más optimista ¿Cómo puede ser? Que me siga sin gustar la lluvia y los días grises. Toda su infancia compartiendo el chirimiri y la humedad y no se había familiarizado. Quizá había contribuido a su tristeza no solo las circunstancias familiares también el clima.

─Te gustará, la capital de la Aquitania. Tendremos que salir pronto porque aquí en verano es muy caluroso. Sin embargo, en invierno el clima se parece más a tu tierra, lluvioso y prácticamente todos los días son nublados.

Se dirigieron primero a la catedral de Burdeos, mientras que llegaban. Teresa le preguntó a Victoria.

─¿Eres religiosa?

─No, en absoluto. A mi abuela le preparé un funeral religioso, por respetar sus ideas. Aunque sinceramente tampoco estaba muy segura de su religiosidad, pero me decía que creía en Dios y la veía asistir a los ritos litúrgicos. No sé si por condicionamiento social o por otros motivos. Nunca llegué a entender algunos aspectos de mi abuela. Jamás me obligó a ir a misa ni a ningún acto litúrgico. Claro que yo asistía a los actos religiosos, más por encontrarme con amigas y porque mi abuela me dejara poner el vestido más nuevo y bonito.

─ A ver si coincidimos que se esté celebrando alguna misa en la catedral y estén tocando el órgano es uno de los más espectaculares que he visto, la música en la época medieval debía intensificar la religiosidad en el pueblo.

Desde lejos se divisaban las dos torres de la iglesia, llegaron a una plaza semi- peatonal donde Victoria contempló un edifico imponente. Entraron por la puerta principal, no había ningún acto religioso en ese momento, no pudieron escuchar música, pero sí contemplar el órgano y las vidrieras espectaculares de la catedral gótica. Le llamó la atención que no hubiera bancos sino sillas.

─¿Me gustaría conocerla bien? Otro día con más tiempo hacemos una visita turística por la catedral.

─De acuerdo. Cuando mi madre salga del hospital, podremos ir las tres juntas y te enseñaremos bien la ciudad y los edificios emblemáticos.

Salieron a la plaza donde había mucho ambiente de cafeterías y terrazas al aire libre. Se adentraron por las calles comerciales mirando los escaparates. Quiero comprar unas botellas de vino y unos perfumes y cremas para mi madre y mi hermana. Luego de las compras nos acercaremos a la fuente de las tres Gracias. Cerca de allí hay un restaurante muy coqueto con un jardín interior, comeremos allí y después nos iremos al hospital.

─Me parece un plan estupendo. Le compraré unos bombones a mi madre.

─Magnífica idea, a tu madre le encanta el chocolate.

─Lo sabía mi abuela decía con frecuencia “te gusta tanto el chocolate como a tu madre”. Espero que no te parezcas en más cosas.

─Teresa me tendrás que contar algo sobre mi madre, tú has convivido con ella durante cinco años y seguro que la conoces bien.

─Asintió con la cabeza y se mordió la lengua para no hablar nada en ese momento. Todavía no era la ocasión.

─Mira esa perfumería, entremos. ( continuará)

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.