La consulta dos

Hacia una semana que Marta había quedado con su madre en la consulta dos de radiología. Aunque llegó puntual a su cita, Eusebia ya estaba allí.

—¿Cómo estás mamá? —¿Qué has estado pensando para callarte y no decirme nada?

— No le he dado importancia —Tenía miedo a terminar en un hospital. Hace una semana empecé a tener unos fuertes dolores acompañados de diarreas y no tuve otro remedio que comentárselo a mi médico.

Mentía muy bien, la posibilidad de tener una enfermedad grave le había angustiado sobremanera. Llevaba más de un mes valorando si debía contarle a su hija que tenía un bulto en el abdomen. Desde el fallecimiento de su marido, había caído en una fuerte depresión a la que no se había repuesto. Mientras que la muerte le producía cierta tranquilidad, ya había vivido bastante y sin Mario, su esposo, la vida para ella carecía de sentido.

Marta se sentó junto a su madre, para distraerse se dedicó a observar la sala de espera. Estaba pintada en gris perla; transmitía pulcritud y cierta frialdad. Frente a la puerta colgaba un cartel en el que se leía “Resonancia Magnética”.

El mobiliario constaba de diez sillas azules con espalda plana y reposabrazos apoyadas a la pared. El centro la ocupaba una mesa redonda y sobre su superficie había un montón de revistas desordenadas, algunas con hojas desgarradas y medio sueltas que desentonaba con la esmerada limpieza de la estancia. De las paredes colgaban unas sencillas láminas decorativas, impresas con paisajes montañeros en diferentes estaciones del año. A decir verdad, mirándolas te hacía pensar que la persona que las había elegido era un buen aficionado al montañismo o la escalada. La sala de espera, sin ser desagradable, no era acogedora.

En la silla contigua a la derecha estaba una chica joven, después una vacía, y luego un chico con barba muy poblada que no paraba de mover los pies junto a un señor anciano. Las dos sillas que estaban más a la izquierda estaban vacías y enfrente las ocupaban una pareja que tenían sus manos agarradas.

La chica joven estaba sola sin ningún acompañante, no transmitía inquietud y leía una revista de corazón sin despegar los ojos de las páginas.

Un hombre de mediana edad interrumpió en la sala, con voz muy baja, dijo:

—¡Buenas tardes! Nadie contestó al saludo.

Únicamente el chico barbudo de la esquina derecha hizo un gesto moviendo la barbilla hacia arriba.

Sonaba una música de ambiente a bajo volumen cuya función debía ser tranquilizar a los pacientes y en cierto modo, abstraerles. Se respiraba silencio, y por qué no decirlo, tensión y cierta angustia, en algunos pacientes que aquella tarde la ocupaban.

Marta a pesar de la música no conseguía despreocuparse. Evitaba mirar a su madre para que no se percatara de su nerviosismo.

Una enfermera apareció con un papel en las manos, todos levantaron la vista mirándola. Nombró al chico joven y este se levantó y fue tras ella. Marta miró la esfera de su reloj, ya faltaba menos para el turno de su madre.

Marta sabía, incluso desconociendo las historias de los pacientes que allí estaban. ¡Qué esa tarde, iba a marcar sus vidas para siempre!

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.