La casa de la calle mayor

A lo largo de mi infancia he vivido en diferentes lugares, sin duda uno de los que me han marcado ha sido la casa de la calle mayor, allí estuvimos durante los primeros años de mi niñez.

Aquella casa estaba situada en el centro del pueblo, muy cerca de la iglesia, oíamos todas las campanas de los numerosos actos religiosos.

Pero lo que más se me ha quedado el recuerdo no ha sido el ruido de las campanas, sino el sonido de las ranas. Me sucedieron muchas aventuras y también se asocia a unos de los episodios más graves que he vivido, y que casi me lleva al otro mundo.

La casa tenía cuatro plantas, en la primera vivían los dueños una pareja de hermanos muy peculiares, y en la segunda la ocupábamos nosotros. El resto de la casa estaba vacío, lo que me permitió jugar en todo el resto del edificio a mis anchas y vivir aventuras fantásticas.

Las escaleras era uno de los lugares donde me mandaban cuando había visitas que mantenían con mis padres conversaciones comprometidas. Mi madre soltaba su frase predilecta “hay ropa tendida” lo que significaba que tenía que salir de allí de forma inmediata, para dejarle hablar con sus amigas, hermanas o familia de forma íntima.

El otro lugar donde me enviaban era la parte de “Atrás”. En esta casa sencilla tenía dos estancias bien definidas “Adelante” y “Atrás”. La primera las ventanas asomaban al río y a los parterres que cada casa disponía.  La parte de”Atrás” correspondía a los dormitorios que daban a la calle Mayor.

El jardín de nuestra finca, al que no teníamos acceso, solo salía los dueños los hermanos tan raros y tan peculiares, que casi nos producían una especie de terror. Un día les dedicaré un relato, para manifestar que mis percepciones infantiles no eran exageradas. Digo que estos hermanos salían porque no recuerdo verlos disfrutar nunca al exterior.

Su vergel, lejos de ser un jardín, estaba descuidado y parecía un carrascal lleno de arbustos, mientras que el de nuestros vecinos contiguos de la izquierda era maravilloso lleno flores y de rosales de flores de todos los colores, Abelias, Celindos. Podría decir que sus aromas ascendían hasta nuestra ventana. En el de la derecha vivía una de mis amigas, sin ser tan cuidado, nos permitía jugar a nuestras anchas y poder ocupar todos los ángulos, no había zonas restringidas.

Mi casa era peculiar tenía una gran cocina con dos escaleras por donde se ascendía a la galería. Allí comíamos y es donde mi padre tenía su librería. Contemplábamos el río, cada invierno cambiaba de trayectoria, y ofrecía un paisaje diferente.

En las noches de primavera y verano nos acompañaban siempre el croar de las ranas que no paraban cantar durante la noche.  Años después cuando nos cambiamos de casa, los primeros meses no podía conciliar el sueño porque me faltaba la música de las ranas.

Las estancias que más me gustaban eran las escaleras y el váter. Las escaleras me permitían vivir a mis anchas, podía montar una sala de teatro o dejar cajas de gusanos de seda, todo en tiempo que quisieran. A nadie le molestaban, ni me las retiraban si subían a limpiar. El váter era mi otro refugio, ya sé que puede resultar escatológico, allí nadie conseguía la soledad, mis primeras lecturas las recuerdo sentada en la taza del váter.

También era un lugar donde me refugiaba a pensar y a dibujar. No dibujaba en un papel, más bien hacia pintura rupestre en las paredes. Creo en mi opinión ahora con la distancia y el tiempo, podría haber sido motivo de castigo, pero si lo fue no lo recuerdo.

Mis padres eran bastante tolerantes, me mimaban muchísimo siempre que cumpliera las normativas que me imponían y en ese sentido, no en otros, era bastante obediente. Las reglas se limitaban a cumplir los horarios de comida, la puntualidad, y cuidar a mis hermanos que yo acataba a veces o modificaba según el momento y las circunstancias.

Cuando venía Adela, una amiga de mi madre, ya intuía que iban a hablar de amor y yo me pegaba literalmente detrás de la puerta para escuchar la conversación. Y aunque la mayor parte de las veces no llegaba ningún sonido era capaz de estar todo el tiempo de pie intentando saciar mi curiosidad.

Mi padre tenía un amigo francés, profesor de Bellas Artes en la escuela de Burdeos, no sé cuántos días tenía ocupados con las clases, supongo que pocos, porque venía muy a menudo.

Louis, como sí se llamaba ya tenía cierta edad y estaba enamorado de Adela. Su condición de extranjero y de estar casado, su esposa estaba recluida en un sanatorio mental, condiciones que a su amada le impedían caer en las redes del amor. Quizá también de limitar sus encuentros. Cuando nos visitaba pasaba largas estancias con nosotros, junto a mis hermanos y acompañado de su trípode, lápices, carboncillos y acuarelas.

Mientras mi padre atendía sus ocupaciones, Louis se entretenía dibujando paisajes y retratos, nos dibujó a todos. Todavía conservo alguno de sus cuadros que en aquel entonces no les daba ningún valor.

Me gustaban más sus regalos que sus dibujos. Un día me trajo unas gafas de plástico con cristales de color lila. Mirar a través de aquellos cristales me parecían mágicos y con poderes sobrenaturales. Siempre he tenido mucha imaginación.

Las excusiones por los alrededores las disfrutábamos mucho, con Adela y sin ella. Nos llevaba en su coche rojo Renault Dauphine de cuatro puertas.

En septiembre es la época de la recogida de las vides en La Rioja con campos están preciosos y coinciden las fiestas populares de la región. El coche, las uvas y las fiestas iban a ser parte de los causantes de mi tragedia.

Una tarde nos dirigimos a un pueblecito cercano para llevar a nuestra criada Fuencisla, de vacaciones a las fiestas de su pueblo. Hoy se utilizan más eufemismos. Ya sé que nombrar “criada” en estos tiempos resulta un término peyorativo. Pero entonces era cariñosos y Fuencisla era un miembro más de mi familia. Era una mujer muy dulce y cariñosa, extremadamente tímida. La primera vez que salió de su casa fue para venir a la nuestra. Su educación se inició a la vez que mía y la de mis hermanos.

En el coche nos acomodamos, Louis que conducía y mi padre en los asientos delanteros, y Fuencisla y yo detrás. Durante el trayecto mi padre mantenía una conversación con su amigo, ni recuerdo de que hablaban. Yo me puse extremadamente latosa diciendo que quería ir en el asiento del copiloto para ver el paisaje, y mi padre hizo caso omiso a mis ruegos improcedentes.

En el pueblo, nos regalaron unos racimos de uvas moradas grandes y hermosas y en un descuido que mi padre salió del coche, aproveché para sentarme al lado de Louis. Mi progenitor volvió la mirada me hizo un gesto de desaprobación, sin ningún comentario.

Volvíamos a casa por la carreta sinuosa del valle, al atardecer repleta de árboles frutales, manzanos, perales, ciruelos y viñedos. En algunas viñas ya había comenzado la recolecta, otros campos mostraban sus colores ocres y rojizos, un millón de tonalidades y alternado el paisaje con los cultivos de trigo que ya estaban segados.

Yo iba vestida con una falda plisada de cuadros rojos y verdes, no recuerdo el suéter, unos calcetines blancos y unos zapatos “Gorila” de suela vulcanizada muy robustos con cordones. Eran en aquella época el calzado típico de los uniformes colegiales, muy conocido por los niños.

Durante el viaje de regresos iba comiendo el racimo de uva que nos habían regalado, metía los granos en la boca de Louis, uno me comía yo y otro se lo daba él. Cuando terminé y me quedaba el raspón, rama que mantiene unidos los racimos, decidí deshacerme de él.

Para tirar la parte leñosa del racimo, se me ocurrió la desgraciada idea de abrir la puerta del coche. No la sencillez de colocarla en la cesta de mimbre, de envolverla y guardarla. Decisión que me pudo costar la vida.

Las puertas de muchos de los coches de aquella época, tenían la apertura en la parte delantera, próxima al salpicadero. La fuerza de la velocidad del coche y el viento me arrastró del asiento haciéndome volar y despidiéndome casualmente, en ese momento milagroso había un trigal.

No recuerdo el vuelo aéreo, perdí el conocimiento durante un tiempo. Al abrir los ojos me encontraba ya en brazos de mi padre subiendo las escaleras de casa. Mi falda estaba rasgada en un jirón, mis zapatos rotos y solo tenía un calcetín.

La cabeza me dolía, una gran herida cubría la región frontal y parietal, sangraba profusamente, mi cuerpo era un mapa regado de heridas y rasguños.  No me rompí ningún hueso.

Perdí mis largas trenzas rubias y me vi crucificada durante un largo tiempo a tener un pelo corto, rasurado como si procediera de un campo de concentración nazi.

Louis, mientras mi convalecencia, me dibujó en carboncillo, aquel dibujo hoy cuelga de una de las paredes de mi salón.  

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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