Floriana

Los primeros rayos de sol del amanecer despertaron a Floriana. Era otoño y la luz incidía en la habitación especialmente en el cabezal de la cama y en el suelo de las baldosas grises de triángulos negros. La claridad no era uniforme, porque se acompañada de líneas con sombras causadas por las rejas de la ventana, no por ello, se dejaba apreciar con nitidez una estancia impoluta y resplandeciente.

Floriana, a pesar del estímulo luminoso, hundida en la somnolencia tardó unos minutos en abrir los ojos. Lo primero que hizo fue repasar mentalmente lo que veía a su alrededor para comprobar sí durante la noche mientras dormía, le habían cambiado algo.

No podía recordar, a pesar de sus esfuerzos y los muchos ejercicios de memoria que había hecho, sí a su llegada a aquel odioso lugar siempre había estado en la misma habitación o le habían ido cambiando, lo que le producía cierta zozobra.

Desde que fue consciente, había conseguido con esfuerzo continuo conservar una imagen fiel de la habitación en la que ahora permanecía, logrando que le dejara una huella imborrable y permanente en su memoria. Por eso era importante y uno de los motivos por los que repasaba al despertar cada rincón, para saber si todo seguía igual; el otro para entretenerse con la simple observación meticulosa de todos los objetos, sin más, porque se aburría hasta la desesperación.

Comenzaba siempre con el mismo ritual, primero miraba a su derecha para comprobar si la mesilla con su único cajón permanecía cerrada, porque allí guardaba su libro de aventuras, la pequeña caja de bombones vacía y un par de revistas atrasadas. Luego observaba sí la puerta del baño seguía a la izquierda y sí se mantenía como siempre semiabierta; algo que le fastidiaba sobremanera porque al no cerrar bien, le impedía ver la puerta de entrada de la habitación.

Las paredes gruesas no permitían que pasara ningún sonido, seguían allí no habían cambiado, ahora eran lisas, aunque durante un tiempo fueron onduladas, pero como siempre estaban libres de adornos; se mantenían blancas y relucientes. Nunca, por más que las observaba centímetro a centímetro, encontraba alguna mancha o raya. Lo que le hubiera encantado para poder fantasear brotando figuras en su mente.

Esa mañana antes de dar por terminada el repaso de la habitación y comprobar que todo estaba en orden.  Miró distraídamente a la esquina izquierda próxima a la ventana, y de pronto detuvo su atención al ver que algo se movía sobre el suelo.

Un ratón saltaba las losetas bicolores de triángulo a triángulo sin pisar los grises. La imagen del inoportuno visitante, no le molestó, ni le perturbó. Descubrirlo, le proporcionó una alegría extraordinaria. En vez de darle repugnancia le pareció tierna y simpática. Ella misma, en más de una ocasión, había intentado saltar las losetas sin conseguirlo, aunque lo hiciera de puntillas.

Distraída con los saltos se percató, unos minutos más tarde, que otro ratoncillo mucho más pequeño se columpiaba entre los hilos de una telaraña. Notó que poco a poco una manada de ratones iba invadiendo el suelo de la habitación de modo que tapaban en forma de alfombra todo el suelo sin dejar un espacio en blanco. Una música había comenzado a sonar con una armoniosa melodía. Se persuadió de que era una canción de cuna conocida desde su infancia. El sonido era tan dulce que le hizo pensar que era la causante de la llegada de los ratones hasta allí, para poder escucharla en directo.

Un ratón grandote de color azabache que movía mucho su cola, el más aventajado y despierto, logró subir por las barras de la cama hasta llegar a la colcha blanca. Se movía muy despacio. De repente se dio cuenta que era el animalito más hermoso que había visto jamás. Floriana se sintió tranquila e intentó llegar hasta él para acariciarlo, pero no lo consiguió porque sus manos estaban inmóviles y no respondían a sus deseos. Una extraordinaria emoción la invadía, mientras avanzaba el ratón por la cama. Así que permaneció muy quieta para no intimidarlo. A la altura de su cara se detuvo y muy despacio se acercó a su oído para decirle:

̶ Buenos días, princesa.

̶ Buenos…

Y le siguió con la mirada, sin poder concluir su respuesta, porque se lo impidió el ruido del pestillo de la puerta de la habitación. Alguien entraba ¡En efecto! Era un conocido fantasma, un ser vestido de blanco que llevaba una bandeja de acero. No podía soportar verlo era detestable, le producía náuseas.

̶ ¿Ya despierta, dulce flor?

Así le llamaba retóricamente cada mañana, como si no tuviera nombre.

̶ Claro que sí, hace horas que estoy espabilada.

̶ Entonces recordarás en qué lado te toca hoy la banderilla.

Mientras desataba sus manos de las correas con una sonrisa sarcástica.

̶ En el izquierdo.

Una mueca de dolor apareció en la cara de Floriana, pero no dijo nada.

Minutos después, el ser espeluznante se giró y se fue andando sin detenerse, ajeno a los ratones a los que no les prestó atención; ya cercano a la salida sin girar la cabeza para mirarla, retumbó con su grave voz.

̶ En diez minutos traerán el desayuno.

Floriana se incorporó en la cama y se sentó mientras bostezaba. Notó que se sentía muy bien con fuerzas para cualquier cosa. Tenía apetito y sus tripas hacían ruido. Un caudal de energía le invadía, miles de proyectos se acumulaban en su mente para encontrar las formas de adiestrar a sus invitados.  Extendió las manos para buscar al ratón azabache entre sus sábanas y almohada con el deseo de encontrarlo. Pero no vio nada.

̶ ¿Dónde estás?  Mi querido amigo, murmuró en voz tenue. No encontró respuesta. Desanimada, desde lo más hondo lo repitió una y otra vez, más enfurecida y cada vez en un tono más alto. Examinó de nuevo aquella habitación que conocía tan bien, sin ningún resultado. No había sombra de sus ratones, habían desaparecido sigilosamente sin despedirse. Con expresión estremecida, chilló llena de rabia, decepcionada en lo más íntimo de su ser. Estaba a punto de echarse a llorar.

̶ ¡No puede ser!

̶ ¡No puede ser!

̶ ¡No puede ser!

Conocía por experiencia que se internaba en otro día sin belleza y triste, como tantos otros, sin poder hablar, ni acariciar a nadie.

Sección: Textos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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