Fin del capítulo y del libro

Recuerdo que era otoño, paseando por el puerto cuando se me ocurrió que podía… ¡No! que podíamos escribir un libro a cuatro manos.

Me sentía tan feliz, nos sentíamos tan felices, necesitaba, al menos yo, plasmar mis emociones desde el inicio, desde nuestro primer beso. Ahí es donde comenzaría el primer capítulo.  Una narración sin ningún plan preestablecido, espontánea, rica, divertida, limpia, sin mentiras, sin ambages.

Teníamos los protagonistas, no sabíamos que iba a suceder, como transcurriría la historia, nunca pensé como se desarrollaría el final de la narración. Lo único que tenía muy claro es que iba a ser francamente hermosa. Día a día íbamos a construir párrafos extraordinarios, espontáneos, llenos de frescura. Todo estaba por crear, y eso era lo emocionante.

Preparé mis folios, mi cuaderno de notas, mi querido lápiz con goma, para borrar todo aquello que enturbiara el relato.

Bombardeada por las emociones llegué con mi cuaderno con las hojas en blanco para empezar a escribir.  Mis manos estaban ágiles, mis dedos chasqueaban  impacientes, con la inquietud infantil de empezar a rellenar de inmediato negro sobre blanco.

En tan poco tiempo, en tan pocas horas habían sucedido momentos tan gloriosos para nuestra historia, nuestro libro llegaría a consolidarse con muchas páginas, un sinfín de capítulos. Estaba plenamente segura que página a página conseguiríamos que fuera evolucionando hasta llegar a lograr la emoción de no poder parar hasta terminar de leerlo.

Me pasó lo mismo que alguna carta de los Reyes Magos, no ponerme a considerar que hay otros niños que necesitan juguetes, y por alguna razón desconocida, nunca llega el que has pedido. Aquí pasó lo mismo, sin saber por qué, no se escribió la historia. Todo quedó en blanco, fue un sueño fugaz de mi mente.

No planifiqué nada, me dejé llevar de mis propias sensaciones, idealice algo tan común que nada tenía de extraordinario, eran mis ojos cristalinos que lo transformaban. Todo quedó en una mera experiencia y una gran lección.  No me había dado cuenta que no veía nada, estaba ciega. Ni siquiera, ahora puedo asegurar si algo sucedió, si hubo algún plan, si hubo alguna intención de escribir a cuatro manos.¡Cuanta! fantasía!, solo a dos manos ya es difícil.

Fue entonces, ante la fría realidad cuando me quité la venda y me hice un lazo para el pelo, ahora estoy más guapa y menos ciega con los ojos más abiertos.   

Sección: Reflexiones
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.