Engaño

María y Lucía eran dos hermanas adolescentes que compartían la misma habitación desde la infancia y sus pequeñas inquietudes. Su padre se había casado al poco tiempo de enviudar y no les prestaba demasiada atención. A ambas les había tocado colaborar en el sustento de la familia desde muy temprana edad. María trabajaba en un bar de camarera y Lucía en una pescadería.

Todas las noches antes de conciliar el sueño y ya dentro de las sábanas hablaban un rato entre ellas como si fueran amigas, cómplices una de otra, hasta que el sueño las atrapaba.

Esa noche, María tenía reclinada su cabeza sobre el regazo y se volvió hacia su hermana pequeña, recostada y tapada con una manta de cuadros. Se incorporó buscando un acomodo entre la almohada. Llevaba un camisón rosa de punto que le favorecía. Merodeaba entre sus pensamientos como dirigirse a su hermana pequeña.

—¿Qué tal andas por el trabajo?

—No puedes hacerte una idea lo harta que estoy. Es un latazo la pescadería estoy cansada de estar detrás del mostrador cortando pescado y limpiando escamas. Tengo las manos rojas llenas de sabañones por el hielo. Para colmo Goyo, ahora ya no me llama por teléfono.

—A propósito ¿Tú no tendrás novio? ¿ no me lo quieres decir? Lucía no era boba, ya se había fijado que María últimamente se acicalaba mucho los sábados y domingos.

—¿Qué? No ando con nadie, mintió.

—Venga ya, qué cosas se te ocurren hermanita, respondió atacando. Lo que no voy a hacer es quedarme los fines de semana en casa como tú, esperando una llamada.

—Tú Lucía tienes que fijarte menos y espabilarte de una vez —¡Olvida a Goyo! —

—Te lo digo hoy y te lo diré mañana, me escuches o no me escuches, pero de tanto repetirlo te entrará en la mollera.

—Es el perfecto hijoputa, Lucía. Goyo es un chulo piscina y mujeriego.

—¡Déjalo! No esperes nada de él.

—No sé a dónde quieres ir a parar con tus consejitos. Tengo sueño—deberíamos ir pensando en descansar.

Quizá tenía razón su hermana. Comenzó a bostezar, se giró boquiabajo y al instante se quedó dormida.

Lucía había conocido a Goyo hacía un año, desde el minuto uno había tenido una atracción y, sin pedírselo le había dado su número de teléfono. La primera cita ocurrió a la semana de conocerse y no dejó de llamarla los primeros días de forma acuciante. Pero a partir del primer mes dejó de hacerlo y empezó una fase de silencio que solo se interrumpía por algunas notas de WhatsApp. Poco más.

Lucía se quedaba en casa los fines de semana, no había perdido la esperanza de que Goyo le volviera a invitar.

Por el contrario, María salía a menudo; cuando Lucía le preguntaba dónde había estado, muchas veces no sabía que decirle y, para no traicionarla, le respondía vaguedades.

Esos silencios y ambigüedades se quedaban enganchados, le atormentaban y no sabía cómo resolver los quebraderos de cabeza que le producían.

Goyo había interrumpido en su vida, la mañana que apareció por sorpresa en la cafetería a desayunar. Ese día la atmosfera transmitía en el ambiente un aroma de café y ensaimada, diferente a otras.

Él pasó delante de la barra mirándole a María fijamente.

—Soy Goyo—el amigo de tu hermana Lucía.

—Claro—ya te he conocido.

Traía un pantalón vaquero y una sudadera verde que parecían recién estrenados y destacaban favoreciendo su tez morena.

Se apoyó con los codos en el mostrador; en su rostro asomaba una turbia sonrisa entre su bigote y perilla.

—Me pones un café largo acompañado de esa pasta de crema señalando la vitrina con el dedo índice, mientras le guiñaba un ojo.

Goyo se quedó mirando de reojo a María sin que se le escapara ningún detalle. Sin recato le hizo un repaso del culo, las tetas, los ojos verdes y la larga melena castaña. Era una chica que estaba la mar de buena, más que su hermana Lucía.

Encandilado con su imagen pensó: Verdaderamente me gusta—¡Claro que me gusta!

—Esa moto que hay fuera. ¿Es tuya?, le preguntó María

—Sí, la compré hace unos meses. Si quieres cuando termines de trabajar vengo a buscarte y te doy una vuelta.

A partir de ese encuentro, ambos se convirtieron en cómplices de un fuego que no había dejado de arder.

 

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.