Encuentro

Estaba al borde de los cincuenta, cuando conocí a Gerhard, en museo de Órsay de París; contemplábamos “Le lit” de Toulouse-Lautrec. 

Mirando el lienzo rememoraba mis últimas noches con Nacho. Recuerdos compulsivos de amor y odio, de unión y desunión.

Gerhard también fijaba la mirada en la pintura atentamente, no sé lo que pensaba, pero fruncía el ceño y se mordía el labio.

La sala del museo donde estaba expuesto, extrañamente solo él y yo la ocupábamos. Nos movíamos de un lado a otro del cuadro. Al ser un cuadro tan reducido, favoreció a que nos diéramos un buen tropezón.

Nos disculpamos y sonreímos. Empezamos hablar sobre la escena del óleo y la interpretación. ¿Eran una pareja de lesbianas o un hombre y una mujer? Yo lo veía como una pareja heterosexual, me recordaba a mis últimas relaciones con Nacho, cubiertos debajo de las sábanas, insípidos y aburridos. A Gerhard, no sé si le evocaba algo o alguien, pero su opinión era contraria a la mía, para él representaban una pareja de lesbianas.

Desde allí, recorrimos todo el recinto de los pintores impresionistas, lo hicimos rápido porque desde ese momento estábamos más pendientes de buscar nuestro contacto visual que de contemplar las obras.

˗ Estás guapa con este suéter. Eres una mujer atractiva ¿Tienes algún plan?  Me gustaría que aceptases mi invitación para comer en el restaurante del museo; es un lugar encantador, y si no lo conoces te gustará

Me quedé en silencio por unos instantes, admirando su porte elegante, pelo castaño, nuez marcada, ojos grises, labios carnosos y su sonrisa cautivadora. Tenía algo de misterio

˗ Claro que acepto, respondí-

Comimos estupendamente, regado con vino tinto de Burdeos, un Chateau Rocheyron  que nos lo bebimos al completo. Me sentía un poco mareada, ya que no acostumbro a tomar alcohol de forma habitual, y cuando lo hago no supero una copa.

Para despejarme se ofreció acompañarme y decidimos ir caminando por las orillas del Sena hasta Pont des Arts y desde allí acercarnos a la estación de metro de Saint Germain des Prés. Hacía un frío invernal, tiempo típico en París en enero. Yo iba bien abrigada con bufanda y sombrero, la distancia no era muy larga, unos quince o veinte minutos andando.

No había trascurrido ni la mitad de tiempo que descubrí que me sujetaba a su mano con mis guantes. No sé, si por las consecuencias del vino, por el tiempo helador o por su atractivo. Cuando fui consciente, en vez de soltarme me agarré más fuerte como si temiera caerme.

Muy cerca de la estación para despedirnos, ninguno de los dos teníamos prisa por volver a casa, me propuso entrar a tomar algo en el café de Floré. Nos acomodamos en uno de los grandes divanes rojos, y yo pedí un té muy caliente, mientras que Gerhard una copa de Martell Cohíba. Según él era la mejor forma de entrar en calor.  

Nos despedimos en la entrada del metro, me besó en la frente y nos dijimos adiós. Después de aquella tarde, comenzamos a conversar cada noche, se convirtió en un hábito. No sé como se las arreglaba Gerhard, que siempre se adelantaba a mi llamada.

Según iban pasando los días, las semanas y los meses mi admiración hacia aquel hombre con halo misterioso crecía.

Los fines de semana nos veíamos, y siempre me proponía algún plan agradable, coincidíamos en los gustos y aficiones. Cuando asistíamos a conciertos a menudo se le asomaban las lágrimas. Recuerdo un concierto dirigido por Rouvali, dirigiendo la Sexta Sinfonía de Sibelius que tuvo que sacar el pañuelo disimuladamente, para recogerlas. Tenía un lado tierno y sentimental aquel hombre que me enloquecía.

En primavera, comenzamos a salir, nuestra primera excursión fue Versalles y se preveía el inicio de nuestra vida sexual en Meaux un pueblo encantador a 40 Km de París. Había propuesto visitar la catedral, los jardines, el palacio episcopal, el museo Bossuet, las murallas y un sinfín de sitios que enumeró.

Meaux es una ciudad bien comunicada por autopista, pero no sé que razones adujo, ni las recuerdo, solo que reservó una habitación en La Petardière situado en un parque, un entorno mágico.

Cuando llegamos no nos defraudó la habitación era espaciosa y las ventanas asomaban a un jardín.  Acompañaba a la decoración un florero con un ramo de hojas silvestres y unos bombones en la cabecera de la cama.

Llegamos por la noche después de pasar el día visitando la ciudad y por la tarde habíamos tomado una opípara cena.

Para nuestro primer encuentro, yo me había preparado un camisón de raso azul, muy sugerente, unas velas aromáticas y una lamparita de luz tenue.

A pesar del entorno y los preparativos, Gerhard resultó un “fiasco”, no consiguió una erección ni en el primer intento, ni en el último. Intenté tranquilizar su orgullo varonil, creyendo que era el resultado de los nervios. Más tarde descubriría que el causante de este y otros desaguisados que siguieron, se debían a otro problema.

A mí sinceramente, no me importó, no eché de menos una noche de pasión, vendrían otras y teníamos tiempo ¡Qué equivocada estaba entonces en mis predicciones!

Gerhard era inteligente, alegre, culto, divertido, nos identificábamos en los gustos. Con el tiempo estas características fueron decreciendo y desapareciendo. 

No podía pasar tres horas sin consumir alguna bebida alcohólica, tenía fuerte necesidad de beber.

Cuando lo conocí era muy selectivo, pero con el tiempo cambio de gustos. Si no podía conseguir un Moët & Chandon, bebía un Baronne du Chatelard Beaujolais de menos de diez euros.

Exigía beber y beber cualquier cosa, como si estuviera en el desierto, su sed de bebida era infinita.

Dejó de pensar, su mente se le nublaba, le temblaban las manos con frecuencia. Estaba muy a menudo, ansioso, nervioso, e inquieto.

Con frecuencia se balanceaba cuando salíamos de los restaurantes, hablaba altísimo y discutíamos, perdió toda su delicadeza hacia mí. Utilizaba una verborrea con alto contenido de palabras soeces, sin motivo, ni razón. Al día siguiente se disculpaba.

Empezó a faltar al trabajo, la adicción a la bebida le producía fuertes resacas. Nuestra relación empezó a decaer.

 Por más intentos que yo hacía no conseguía alejarlo del alcoholismo, no lo conseguía. Gerhard no se controlaba y empezó a mentir.

Una tarde de otoño vivimos un episodio de violencia.  Fue entonces cuando fui consciente que nuestro encuentro había finalizado.

Gerhard era el único que debía vencer los innumerables obstáculos de la bebida para poder adquirir la libertad de la cordura.

Soló él podía decidir su destino.


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Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.