En tránsito

¿Estoy viva? O ya he muerto. Ya no me molesta tanto el tubo en la tráquea. Creo oír el sonido de la máquina, pit, pit, pit. ¿ Es mi corazón? Se ha desvanecido el dolor de los últimos días ¡Ah, me han sedado! Inmóvil en esta cama, sigo ¿Hasta cuándo?

Entre sombras y luces ¡Ojala falte poco! Poco tiempo ¿Veo o sueño imágenes? Saltar en la comba. Jugar al cantillo. Nadar en el río. Los pasacalles, las ferias del pueblo ¡Dios mío!  ¿Cuántos belenes han pasado desde entonces? No hace falta contarlos,  los llevo escrito en cada arruga de mi rostro. Trabajo, hijos, disgustos. Alguna ji, ji, ji, sin más, hasta el día mágico.

Digan lo que digan fui la más responsable ¿Quién recogía a mis hermanos del colegio, quién preparaba la cena todas las noches? Ni tiempo para jugar a los cromos. Si no era en el campo recogiendo la fruta estaba en casa limpiando. Nena, haz esto, nena haz lo otro, y yo sumisa. Que si tengo que ser sincera a mí Gabino, no me gustaba. ¿ Cómo pude aceptar bailar con él en las fiestas del paseo ? Todavía no me lo explico; yo no quería que me viera sola “el Antonio”. Es como si de nuevo ahora viviera aquella época de insistencia. Empezó a buscarme cada día al volver del campo, bien repeinado de brillantina. Me agarraba de la mano y yo tan pánfila. Me dio un beso, que me dejó pasmada. De no haber sido así no la hubiera pifiado.

Que sí, que sí, que yo tenía muy buena planta, una buena moza. Ya ves, pero ningún hombre hasta la noche de bodas me rozó las tetas. Luego parto, tras parto hasta completar cuatro, sin ningún respiro. Así que le mandé a Gabino a la otra cama, si no todavía estoy pariendo. La verdad que nunca me enteré de nada. Ni de los cosquilleos ahí bajo que comentaba la Tere. Y así siguieron las cosas, días, meses, años.

Siempre he dicho que Dios existe, porque todo hubiera sido así no habría aparecido aquel día mágico, ya en el ocaso de mi vida. Más difícil, imposible.

Tenía que ser él “el Antonio“ en la verbena de San Juan. Nos tropezamos en la oscuridad de la noche, apenas se oía en la lejanía el chun, chun de la música ¿No sé cómo explicarlo? Nos bastó con rozarnos, casi no nos veíamos para que se desataran todas las pasiones.

Azorados, teníamos urgencia de besarnos. Saltaron todos los impulsos primarios guardados. Tuvimos conciencia de la pasión.

Cada tarde a la hora del rosario, nos dejábamos llevar por la ferocidad del sexo en todas sus dimensiones. Nos encontrábamos cuerpo con cuerpo, desnudos, con una atracción sin límites. Mirar nuestra piel envejecida por los estragos de la edad nos estremecían hasta el tuétano.

Parecía inconcebible que tan ancianos hubiésemos madurado con tanta dignidad.

 ¡Por Dios! Viví lo que no había vivido, aunque ahora claramente sé que me estoy felizmente muriendo.

Pi, pi, pi, piiiiiiiiiì.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.