El restaurante

No saben lo mucho que necesito contarles este relato. Hace apenas una semana, el sábado al medio día me fui a comer al Hisop. No me gusta quedarme en casa los fines de semana y mucho menos cocinar. Me paso la semana trabajando en el despacho de aquí para allá, atendiendo a los clientes sobre litigios, preparando informes de pleitos, recursos, estando pendiente de los plazos. Una locura.

El final de semana lo espero con ansiedad porque he gastado a lo largo de los días muchas endorfinas; salir me libera del estrés y cargo pilas. Era un día luminoso y soleado, andaba despacio por la calle. El restaurante, estaba próximo a mi domicilio; siempre suele estar atestado de gente, a pesar de ser un restaurante de elevado precio,  por eso el día anterior había hecho la reserva.

Elegí de primer plato, una pintarroja con pistachos y caviar y luego unos calamares con butifarra y cebolla de Amposta.

 ¿Qué quiere beber?

Miré la carta de vinos y elegí un Remellurí

Mientras esperaba, lo primero que me fijé en una mesa al fondo de la sala que la ocupaba una pareja. Ella tenía los ojos inyectados de sangre, y brotaban las lágrimas que se esparcían por su cara; él no parecía sorprendido. El hombre de complexión fuerte, bajo y fornido, con traje oscuro sujetaba el tenedor con fuerza, sus labios no paraban de moverse, con el ceño fruncido todo el tiempo. Mientras la chica de melena rubia y un vestido verde tenía las manos temblorosas posadas sobre el mantel dejando que la comida se le enfriara en el plato. Muy cerca de ellos ocupaban la mesa cuatro comensales dos adolescentes, un hombre con gafas de concha y una mujer morena de pelo corto. Los chicos miraban sus móviles, sin levantar a penas la vista de la pantalla, excepcionalmente, entre ellos, se dirigían la mirada con algún guiño, el hombre de gafas y la mujer morena no hablaban.

Me sirvieron el primer plato con el vino de Rioja y el camarero se dirigió a la mesa del medio. La presidía una pareja que denotaba una diferencia de edad considerable, no podía ver la cara de la chica, solo su nuca y espalda. Vestía una americana gris y unos pantalones azules claros, se asomaban tras su melena ondulada unos pendientes de aro metalizados. El hombre con barba espesa y bañada de canas, le alargaba la mano recogiéndola entre sus dedos. Mientras la acercaba hacia él, se vislumbraba en el brazo derecho de la joven un hermoso tatuaje de letras.

Una voz al fondo levantando el brazo, se oyó

¡Por favor, nos traen otra botella de agua!

El hombre que compartía mesa con otros cuatro, todos vestidos con traje y corbata, hablaban acaloradamente, reían con voces un poco más altas que el resto, pero desde donde yo estaba solo me llegaban sonidos entrecortados.

Mientras comía los calamares, entró una mujer y se dirigió al fondo del salón a la única mesa que estaba libre. Una mujer alta, al menos medía 1,82 metros de estatura; hice los cálculos comparándola conmigo. Su tez era oscura muy pigmentada, sin ser mulata, lo parecía. Tenía unos ojos grandes oscuros, peinaba una media melena con el cabello negro suelto cuidadosamente despeinado. Iba armoniosamente maquillada y sus ojos ganaban protagonismo. La sombra era de un tono marrón, ligeramente más oscuro que su piel. La parte superior pintada con una tonalidad blanca marfil, remarcaban sus ojos un eyeliner pintado con una línea delgada perfectamente alienada sobre sus párpados. Las cejas muy arqueadas, no podía precisar si eran tatuadas, pero lo parecían por su perfección. Llevaba unas pestañas postizas, no exageradas que al mover y parpadear le daban un aire de misterio. Los labios eran gruesos, pintados con carmín rojo ligeramente brillante.  

Vestía un traje negro escotado ceñido que marcaba todas sus curvas. Los zapatos tacón medio grueso y un bolso de color nude que hacia conjunto. No llevaba, ningún adorno, ni pendientes, ni colgantes, ni pulseras.  Se sentó y mientras que llegaba el camarero abrió el bolso, lo dejó encima de la mesa, y se puso a mirar fijamente el móvil.

No podía dejar de observarla, ella estaba abstraída. Me levanté sin pensar, dirigiéndome hacia su mesa. A pocos centímetros de ella, paré sin que percibiera mi presencia. En ese momento tropezó mi vista con su bolso medio abierto, dentro tenía una Walther P99.

Se cruzó su mirada con la mía y me fulminó con unos ojos amenazantes. De inmediato me dirigí hacia los lavabos. Cuando salí, ella ya no estaba en el restaurante.

Ya en casa, me tumbé en la cama con la cabeza apoyada en los brazos y la mente no paraba de darme vueltas, pensando quién era aquella atractiva mujer.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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