El encuentro

Como cada tarde, Beatriz, después de comer, se sentó en el sofá frente a la televisión  para escuchar las noticias del telediario con los ojos cerrados hasta que le entraba un sopor, para abandonarse un rato sin pensar en nada.

Aquella tarde de mayo sonó el teléfono fijo. Por un instante, dudó en cogerlo, pero la insistencia del ring, ring, ring era tan estrepitosa que finalmente se levantó

─¿Dígame? Dijo con voz de pocos amigos.

 Una voz melodiosa y varonil le contestó

─¿Está Beatriz Palacios?

─¿Quién llama?

─Soy, Ernesto Palaciegos, perdona que te haya llamado, igual te he pillado en mal momento.

─¡Ah! qué sorpresa ¿No estabas en Bogotá? En efecto, he vuelto hace pocos días. Voy a residir en España. Pensaba en llamarte. No sabía si te iba a encontrar. Esta tarde, al fin he decidido marcar tu teléfono que todavía lo tengo en mi agenda.

─Pues me encuentras por casualidad, desde que me divorcié, hace un año que vivo aquí. He vuelto al domicilio de mis padres que ya fallecieron.

─¡Ah! cuánto lo siento. Mis padres murieron también hace un año en Bogotá, una de las razones por la que me he decido a volver.

─¿Te gustaría que nos viéramos? ¿Que te parece un café mañana en el Royalty a las cinco?  Para recordar nuestras reuniones de los años juveniles.

─De acuerdo, hasta mañana, entonces, respondió rápidamente Beatriz, sin dudar un instante.

Nada más colgar, Beatriz se arrepintió de su decisión. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que había visto a Ernesto

Ya no era la chica joven de melena rubia y sonriente. Su vida había sufrido una terrible transformación. Un matrimonio lleno de altibajos, engaños, traiciones, un marido alcohólico, varios abortos. La imposibilidad de ser madre, la había terminado por destrozar.

Desterró esos malos recuerdos y decidió que iría a la cita ¿qué iba a perder? Sería agradable volver a ver a Ernesto

Eligió un vestido verde estampado de media manga y una americana crema de dos botones, ligeramente entallada. Los zapatos nudé de tacón medio; a los 40 años cumplidos le parecía poco adecuados unos de aguja. Además, ya hacia años que había dejado de utilizarlos. Escogió un bolso chanel de cadena dorada y se adornó las orejas con unos sencillos pendientes de bola nacarada.

No eligió ningún colgante, ni pulsera. Solamente un sencillo reloj Mondaine de esfera redonda que siempre le acompañaba.

Se peinó, como de costumbre, con raya lateral su media melena, en la que asomaba alguna cana. Suerte tengo, como dice mi peluquera que no se notan mucho y se asemejan a mechas.

Utilizó una crema de maquillaje para unificar el cutis. Miró, el eyeliner y el rímel ¡Jesús! Cuanto tiempo hacía que no me maquillaba. Hoy va a ser una buena ocasión se pintó un eyeliner negro muy fino y adornó las pestañas con unos toques de rímel. Los labios los pintó con una crema brillante rosa palo. Se miró al espejo. ¡No estoy mal! Beatriz, todavía eres una chica que vales. Ha llegado el momento de dejar la tristeza.

Decidió salir con tiempo a la cita e ir andando hasta la cafetería, los quince minutos que le separaban de su casa a la cafetería. ¿Reconocería a Ernesto después de tantos años?  Entró en el Royalty, todavía conservaba en mismo aroma del ambientador, las mesas redondas de mármol, las sillas negras con reposa manos, los ceniceros amarillos de Cinzano, los camareros vestidos con chaquetilla blanca y pajarita. Parecía que el tiempo se había detenido en aquel lugar. Al fondo debajo del cuadro de la lámina de Picasso, una mano levantaba le hacia un gesto de aproximación. Reconoció de inmediato aquel hombre. Era Ernesto Palaciegos.

Se acercó lentamente, como macando el paso y mirándolo fijamente. Mantenía la misma sonrisa de siempre. Había perdido el flequillo y aquella melena rizada. Llevaba el pelo corto, con ligeras entradas, cubierto con abundantes canas. Parecía que había ganado unos kilos, no estaba gordo, mantenía buena figura. Vestía una camisa blanca con ojales rojos y un pantalón azul marino.

¡Que gusto verte Beatriz! Sigues bellísima.

Anda, Ernesto, no me hagas sonrojar. Tú también estás estupendo. Los dos lo estamos remató Ernesto.

Comenzaron hablar con tanta naturalidad que los veinte años de ausencia, parecían no haber existido. Se reían, recordaban anécdotas, se contaron las historias de su ausencia precipitadamente, como si les faltara tiempo.

Ernesto posó su mano sobre Beatriz, tocarle la piel fue como un relámpago que la trasportó al sabor de su primer beso. Al dulzor de los labios de Ernesto.  

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.