El cuaderno verde

Octubre es un mes delicioso en cuanto al clima en la costa mediterránea. Anna se acababa de mudar a Cartagena tenía todo el curso escolar por delante. Había encontrado un piso turístico amueblado un poco lejos del centro, pero eso a ella le tenía sin cuidado. Levantarse por las mañanas y ver el mar era un privilegio.

Este año quería disfrutar viviendo sola, preparando por vez primera las clases de literatura. Todavía faltaban unos días para empezar a trabajar, pensó en dedicarlos a ordenar su equipaje, limpiar y comprar algunos utensilios para la casa.

Mientras colocaba la ropa en el armario al fondo de un cajón encontró un cuaderno verde, olvidado probablemente por el anterior inquilino. Lo dejó sobre la mesilla de noche y prosiguió con sus quehaceres. El día transcurrió rápido, no vio la televisión y se fue pronto a la cama. Con el camisón puesto, una mirada casual le percató del cuaderno y lo cogió, arrepentida lo depositó otra vez en el mismo sitio.

Abrirlo era como entrar en la intimidad de alguien desconocido, sin su permiso. La opresión de su curiosidad le empujó de nuevo a cogerlo y comenzar a leerlo.

En el centro de la primera página estaba escrita la palabra María, a secas, sin que le acompañara ningún apellido. La caligrafía era legible perfectamente alienada, ligeramente curvada y tenía unas proporciones armoniosas. En las hojas no había un texto continuo, sino alternado con garabatos, rayas, puntos y borrones con tintas de bolígrafo de diversos colores.

Anna ajena a cualquier distracción se concentró en la lectura, parecía un diario donde afloraban sentimientos y vivencias con un embotellamiento de palabras y sinónimos, colocados con muy buen acierto. Además también había notas recordatorias, contenía anotaciones de compras del supermercado, números de teléfonos escritos deprisa. Todo revuelto con cierto desorden.

Impaciente se sintió nuevamente impulsada a engullirse en su lectura. Antes acomodó las almohadas, se instaló confortablemente en la cama, acercó la lámpara para tener mejor luz y abrió la primera hoja. Había un silencio sepulcral en el dormitorio a pesar de que las ventanas las tenía abiertas.

Empezó a leer despacio abriéndose camino entre las letras. María, la autora, enfatizaba su redacción con hilachos fragmentados de experiencias diarias. Un universo de pasiones lleno de tormentas y tempestades relatadas sin pudor. Algunos párrafos eran dispersos, sin conexión como si hubiera perdido el hilo.

Entrada la noche empezó a soplar una suave ráfaga de brisa nocturna que movía las cortinas que enfrió el dormitorio.

Anna sintió frío, miró al techo emitiendo un suspiro en el silencio de la noche con el alma en un hilo. Aturdida paró la lectura se le agarrotaron los músculos y apretó un pañuelo contra sus labios.

Intentaba mantener los ojos abiertos, se incorporó de nuevo y bostezó. Apenas unos segundos después, sin darse cuenta, separó el cuaderno de su regazo con manos temblorosas, entornó los ojos, se durmió y sin saberlo María entró en sus sueños.

Comenzó a moverse con agitación en la cama. De repente la habitación era inmensa, no veía la pared de enfrente. El piso estaba cubierto de piezas blancas brillantes no había ventanas. La luz entraba por el techo y producía un destello cegador y las paredes estaban desnudas.

En el medio de la habitación estaba María como si la hubiese esculpido a semejanza de su invención. Una chica de tez lozana, extraordinariamente blanca, con un óvalo perfecto. Peinaba una melena rubia con flequillo que casi tapaban sus ojos. Era hermosa. No calzaba, los pies los tenía desnudos. Vestía una falda de gasa y una blusa blanca transparente. A pesar de tener un aspecto angelical, sorprendía que en la mano derecha llevaba una navaja abierta plateada que resplandecía. Erguida volaba al ras del suelo, inmune a la gravedad,  y se iba acercando lentamente hacia ella.

Anna quedó paralizada, su cuerpo no respondía a sus órdenes.

̶¿Qué haces con mi cuaderno? -le dijo-

Anna enmudeció.

̶ Lo sabes todo ¡Eres una intrusa!

La mujer sin vacilar se aproximó con el arma blanca, Anna se le erizó la piel mientras se acercaba, sintió el frío de la hoja de la navaja en su cuello. Aterrorizada gritó, lo que le hizo despertarse bruscamente. El corazón le latía con fuerza y tenía la boca seca.

Era ya de día, se levantó de inmediato y salió de casa. Desayunó en una cafetería, y dio un largo paseo por la playa.

Al entrar en el portal abrió el buzón, dentro había una carta. La cogió y vio un membrete de color azul donde se leía hospital psiquiátrico de San Rafael. Iba dirigida a María Rodríguez Ramírez.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.