Desesperación

María encontró un refugio en el borde del acantilado, entre las rocas, y se sentó. El suelo estaba helado, pero desde allí divisaba el mar hasta el horizonte. Era hermoso. Sacó la botella de ginebra del bolso y echó un trago. Sabía a rayos. Aquel lugar le permitía estar escondida sin que ninguna mirada ajena la sorprendiera y allí podía beber, llorar o gritar, según le viniera en gana. Esa tarde se sentía muy desdichada. La tristeza le embargaba por la tristeza y le empujaba a empinar la botella con las dos manos. En aquel lugar se sentía ella misma, podían aflorar sus sentimientos y emociones, Mirar al mar le causaba placer. Esa tarde se sentía muy desdichada, embargada por la tristeza y empujada a empinar la botella con las dos manos. 

Miraba al horizonte ver el mar lleno de barcos, veleros, tablas de surfing o simplemente el agua le estremecía . A la vez también afloraban todos sus sentimientos de desdicha ¡Que eran muchos!

Ese día el viento soplaba a ráfagas con tal fuerza que movía y enredaba su larga melena. Su cara se escondía entre el pelo alborotado. Al beber se deleitaba con el aromático alcohol de la ginebra. A pesar de que sabía a rayos, sentía un goce sublime, mientras bebía. Le corroía una duda ¿Tendría valor para tirarse al mar?  o era mejor seguir la competición de las regatas de vela desde la distancia. Tenía que tomar una decisión. Un día magnifico para la competición. Un día fantástico para morir.

De nuevo destapó la botella y bebió a pequeños sorbos. Las lágrimas le enturbiaban sus ojos. Realmente le importaban un pimiento el campeonato de vela. Tampoco le importaba morir. Empezó a ver el horizonte ondulado.

Entre lágrimas le asomó una tenue sonrisa. Claro que tenía valor para matarse. Podía hacerlo. Lo haría. De pronto, resbaló entre las rocas y se agarró fuertemente a unos matorrales. Se oyó el chasquido de la botella. La poca ginebra que quedaba se derramó por las rocas. Todo le daba vueltas, se sentía mareada. Un dolor intensó en la pierna le hizo gritar ¡Socorro, socorro! ¡Auxilio, auxilio!  Nadie acudió . Volvió de nuevo a pedir ayuda. No obtuvo respuesta.

Estaba aterrorizada. Notaba que el frio le calaba en los huesos. Las manos se le agarrotaban. Estaba perdiendo las fuerzas. Dejó de gritar. Dejó de llorar. Se encontraba entre el límite de la vida y la muerte. Era cuestión de minutos quizá de segundos. 

Entreabrió los ojos, el mar se estaba agitando, el ruido de las olas era ensordecedor. Ahora sí que se encontraba entre el límite de la vida y la muerte. No le gustaba.

Por un momento dejó la mente en blanco. De inmediato reaccionó como si una fuerza interior desconocida abriera su cerebro a empujones y ordenara las neuronas marcialmente. La partida de ajedrez debía continuar. Cogería los trebejos que le quedaban, y los colocaría encima del tablero. Seguiría la partida No se desesperaría por perder alguna pieza. Claro que las iba a perder. Jugar era eso. Vivir también.

Las rocas tenían salientes puntiagudos, podían servir para apoyarse. Hizo un alarde de fortaleza y empujó con fuerza la pierna que no tenía lesionada. Sintió un dolor agudo, punzante, insoportable. Para aguantarlo cogió un palo y se lo puso en la boca para morderlo con furia. Siguió ascendiendo sin mirar al mar. Apoyó su barbilla en los arbustos para hacer palanca y ascendió un tramo arrastrando el cuerpo. Volvió de nuevo a repetir los mismos movimientos. Ahora se había apaciguado un poco el dolor de la pierna. Prosiguió subiendo, todavía le quedaba coraje. Culminó el ascenso. Lo consiguió. Se habia salvado.

Gritó con todas sus fuerzas. ¡Hoy es un día formidable para seguir viviendo!

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.