Desconocido

Aquella tarde Elvira salía de la zapatería, caminando ajena a todo lo que le rodeaba. Raramente hacia escapadas a noches de fiesta; pensaba si tendría alguna ocasión para estrenar los zapatos de aguja que acababa de comprar.

Se reafirmaba sin ambages que su vida, a diferencia a la de sus amigas, era un mar en calma. No tenía marido, ni novio, ni amante. Le gustaba la seducción, a solas en casa, se vestía con lencería sensual semitransparente, medias, ligueros y sujetadores con encajes y bordados.

Los sábados eran días especiales, creaba su propio paraíso por la noche se maquillaba, se ponía con un vestido sensual y colocaba dos platos en la mesa para cenar con una botella de vino. Hablaba en alta voz como si tuviera un interlocutor mudo.

Ese día, ya próxima a su casa, cansada de andar, vio abierta la cafetería Escorpio y sin dudarlo entró se dirigió a la barra. Una copa de verdejo, por favor. Al fondo en la penumbra vio a un hombre de mediana edad, alto, de perfil griego, elegante, con un vaso con hielo. Parecía estar absorto en sus pensamientos. Elvira muy decidida atravesó la barra del bar andando despacio, moviendo ligeramente las caderas, hasta llegar hacia él. Hola, ¿estás solo?  Claro, no lo ves. ¿Nos conocemos? Elvira antes de responder, lo contempló durante unos breves segundos, vio que era fiel reflejo de su ficción. Pues… Quizá sí. ¿Cómo que quizá? Estoy seguro de que no nos hemos visto nunca. Me presento, me llamo Juan ¿Y tú? Elvira.

Desde ese preciso instante comenzaron hablar y a beber sin tregua. Ambos perdieron la noción del tiempo. Anocheciendo y a punto de cerrar el bar, Elvira le miró fijamente a los ojos y sin vacilar de sopetón soltó una frase que ni siquiera pensó: estamos a treinta metros de mi casa ¿te vienes? Juan sonrió levemente con una mueca, sin responder le agarró de la cintura y salieron hacia la calle.

Dentro de casa Elvira, dejó su chaquetón encima de la silla y a su lado la bolsa.

 ̶ ¿Qué llevas allí?

̶ Unos zapatos ¿Me dejas ponértelos ahora? Mientras le susurraba al oído, apaga la luz y perdámonos en la oscuridad. Elvira se enganchó al cinturón de él y lo arrastró a su habitación. Se recostó en la cama y se dejó ir.

Juan, muy despacio, le fue desbotonando su camisa, hasta llegar a la blonda de sus braguitas. A los pocos segundos, mientras le acariciaban su cuerpo comenzó a temblar y no lo podía dominar, era la primera vez que le ocurría.

El pecho se le cerró, le costaba tomar aire. Poco a poco fue notando una congestión y que la sangre se agolpaba en las sienes. Unos latidos fuertes y rápidos de su corazón. Parecía que iba a estallar. Todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Oyó su voz lenta en la lejanía. Intentó moverse, pero sus piernas no les respondían. Los ojos comenzaron a nublarse, apenas podía mantener los parpados abiertos.

Al despertar, los rayos de sol se colaban sobre las rendijas, y caían sobre la colcha. Elvira estaba tendida en la cama sola, inmóvil con unos zapatos de tacón de aguja, sin ningún recuerdo.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.