Decisión

Los gritos e insultos de Esther se oían por el patio de luces, hijo de puta, cabrón, mal parido. Mario se abalanzó contra ella y le tapó la boca de forma tan violenta, que la lanzó contra el suelo. Con una rapidez inexplicable, se incorporó y de rodillas frente a él, en un descuido, le asestó un golpe en los huevos. Ser levantó, mientras Mario gemía y salió deprisa dando un sonoro golpe en la puerta.

Cerca de su casa, entre las calles, Sigüenza y Palacio, vio el bar Benín abierto y decidió sentarse en la terraza para calmar los nervios.

Esther tenía una larga melena caoba, ondulada peinada con raya al lado que arrancaba de las sienes y llegaba hasta los hombros, una nariz respingona relativamente pequeña. La tez blanca y los ojos de un azul claro brillante donde resaltaban unas pestañas largas matizadas por el rímel. Los labios carnosos que acostumbraba a pintarlos de carmín rojo. Destacaba en su rostro un mentón redondeado y un largo cuello. Tenía un cuerpo larguirucho, con talle alto y al andar se contorneaba ligeramente con cierto porte de elegancia. En conjunto se podía decir que una mujer realmente atractiva. Cualquier hombre la hubiera catalogado como un bombón.

Esa tarde al llegar a la terraza se dejó caer sobre la silla y en mesa apoyó el bolso, lo abrió buscando un paquete de cigarrillos.

̶ ¿Qué puedo servirle?, le comentó el camarero

Ella contuvo la respiración, tragó saliva antes de que aparecieran las lágrimas.

̶¿Puedes traerme, un? una tila muy caliente, por favor.

Los ojos los tenía humedecidos y estaba intentando no llorar.

Ha sido horrible susurraba en voz baja. No esperaba encontrarme esas conversaciones en el WhatsApp de Mario.  Un escalofrío le recorrió la espalda, se estremeció y, las manos le temblaban. El cigarrillo se consumía entre los dedos sin haberle dado nada más que una calada.

̶ Aquí tiene la tila bien caliente, tenga cuidado de no quemarse

Esther abrió el sobre del azucarillo por la esquina y se sirvió una parte de azúcar, lo dobló con cuidado y lo depositó en el platillo.

Giraba la cucharilla lentamente sobre la taza haciendo ruido cuando oyó

̶¡Perdón, puedo sentarme!

Levantó la mirada

̶ Reconoció la voz clara de Mario y le revolvió las entrañas.

Sin esperar respuesta, Mario se sentó a su lado. Pasados unos segundos de silencio cortante. Quiero hablar contigo sosegadamente.

̶ Esther, no debes darle importancia. Ha sido un desliz, ya sabes cómo somos los hombres. Esa chica simplemente es una “follo amiga”, nunca le he tomado en serio.

̶ Te quiero a ti

̶  Sí, respondió entre hipo e hipo mientras  lloraba. No dejas de ponerme cuernos continuamente y lo transformas como algo consubstancial al hombre.

̶  No me digas más imbecilidades.

Mario le agarró de la mano y el otro brazo se lo extendió por la espalda, intentando acariciarla. Esther bruscamente se los retiró.

Dijo con decisión: esta es la última vez que me pones tus asquerosas manos encima y con una mueca de furia se levantó.

Mario siguió tras ella.

Esther paró en seco, con arrogancia y una mirada agresiva se dirigió a él y exclamó. ¡Vete al diablo! Me has engañado demasiadas veces.

Se terminó  ¡Nunca más me volverás a ver! Nunca.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

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