Cruce de miradas

Esa mañana, como tantas otras, subí al tren sin ser consciente que me iba a ocurrir la mayor extravagancia de mi vida.

Mi horario de oficina es flexible por lo que me permite viajar en tren fuera de horas punta cuando hay aglomeraciones. Mi trayecto dura veinte minutos, tengo seis estaciones hasta llegar a la ciudad.

Al subir al vagón me senté en el primer asiento libre que vi,  junto a una señora obesa que rezumaba sudor por la frente. No lejos había un adolescente con unos cascos verdes y una gorra con visera dirigida hacia la nuca, no paraba de mover la cintura a ritmo de bachata.

Frente a mí un hombre de mediana edad con una mochila negra y un libro que lo iba leyendo, como los sujetaba con ambas manos, no me permitía leer el título. A pesar de la curiosidad que me despertaba. A su lado ocupaba el asiento una chica elegante que aparentaba unos treinta años, quizá alguno más, pero no muchos más, de aspecto frágil y bonita.

Tenía una tez blanca rosada parecida a las mujeres del renacimiento, peinada con raya en medio, pelo largo negro con ojos profundos y penetrantes. Me recordaba a la espléndida obra de Rafael, la mujer con velo. Dicen que ese retrato representa a Margherita Luti, una mujer casada a quién amó toda su vida.

La desconocida del vagón vestía con gusto a manera del siglo XXI, unos zapatos beige con medio tacón, un vestido negro de cuello redondo, talle esbelto, estrecho en la cintura y largo a media pierna. Lucia unos pendientes con un pequeño aro.

En el momento que yo me fijaba detenidamente en sus pendientes fue cuando nuestras miradas se cruzaron insistentemente. Sus ojos verdes me penetraron. Un fugaz relámpago imaginario cruzó el andén entre nosotros.

No dejé de observarla fijamente, mientras ella con aspecto ingenuo, inclinó levemente la parte baja del rostro, aunque vislumbraba el mismo interés.

 ¡Puff! Que miradas.

¡Qué ojos tan preciosos!, me comunicaban y me gritaban en silencio. Ambos, estoy seguro, queríamos decirnos algo, pero los dos enmudecimos y no manifestamos nuestros sentimientos de entusiasmo.

Desde entonces, cada día que cojo el tren voy buscando esa mirada para expresarle el deseo que me tortura cada noche y que no me deja hasta el amanecer.

¡Nunca la he vuelto a encontrar!

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.