Así son los hombres

Íbamos andando por el campo sin conocer ninguno de los dos el final del camino, no teníamos miedo a perdernos porque llevábamos la rosa de los vientos en la brújula que nos orientaba al este.

Nos planteamos nuestro viaje como una excursión sin pretensiones, solo el afán de descubrir lugares inéditos para nosotros y regirnos por las emociones. En el fondo los dos esperábamos una caminata fantástica y un final duradero y feliz, pero lo que verdaderamente nos importaba, en estos momentos, era disfrutar del momento.

El paisaje era magnífico y el tiempo especialmente benévolo para el momento de año, lleno de luz. Yo iba fijándome en el entorno salvaje de las plantas silvestres pequeñas, ajo lirio, lavanda, botón de oro y en los arbustos. Mientras a Jota le gusta más admirar las montañas; percibe y calcula sus tamaños, no sé si le agradan las altas o las pequeñas cimas, pero mirándolas pierde su rictus característico y se queda ensimismado.

El camino que transitábamos era un terreno levemente pedregoso, así que, por esa razón, Jota, en ocasiones como esta, suele mirar hacia abajo para no caerse porque su costumbre es una mirada altiva y con dirección al cielo. No digo que no se fije en las flores, pero Jota siempre tiene intención de desraizarlas, como todos los chicos, son más brutos que nosotras.

En un momento de la excursión, quiso arrancar un botón de oro, con muy buen gusto, es una flor amarilla preciosa. No lo hizo porque se lo impedí, quizá su propósito era regalármela o puede ser que su interés fuera otro.

–Jota le dije no sabes que es una planta venenosa, antiguamente la utilizaban para frotar los pezones de las vacas con la intención que dieran mucha leche. Ni me respondió, me miró perplejo e hizo un amago de sonrisa y siguió andando, pensé, vete a saber cuáles eran sus pretensiones.

Mientras ríe, Jota enseña los dientes y la lengua, pero no emite ningún sonido. Lo contrario que me ocurre a mí, mis risas y carcajadas se acompañan de un volcán de ruidos.

Íbamos con buen calzado, una conversación entretenida; siempre tenemos mil temas para hablar, hacemos un buen tándem intelectual. Cuando Jota escucha, te hace sentir única, mientras que cuando él habla me emociona. Coincidimos y tenemos una excelente sincronía y la misma forma de ver el mundo. Aunque nos diferencian ciertas aptitudes, Jota es mucho más opaco, audaz y atrevido, con la virtud y capacidad de meter el freno. Nunca pierde la compostura. En contraposición a mí, transparente, tímida y extremadamente sensata. 

Algo muy significativo de la forma de explicar cómo es Jota, por ejemplo, es relatar lo que nos ocurrió en la excursión; al encontrar un río caudaloso. Jota se empeñó en meterse en el agua, yo era un poco reacia a hacerlo, no quería porque cuando no conozco un río, prefiero la prudencia. Pero ese día hacía calor y estaba un poco sudada así que cedí a seguir su invitación, sin pensármelo dos veces.

El agua estaba deliciosa tal como me decía, Jota había cruzado medio río, con esos hombros varoniles que le caracterizan, en dos brazadas.. Desde allí, no paraba de hacerme señas para que me acercara hacia él que estaba en el centro con la finalidad, digo yo, de bucear en aguas profundas.

-No temas, no te asustes, yo te agarro de la mano- me dijo- así que empecé a nadar a braza, sin darme cuenta, me tropecé con un rápido y me arrastró tan fuerte la corriente que pensé que me ahogaba. ¡Menos mal! que vino de inmediato Jota y me agarró del brazo y pudimos salir a la orilla. ¡Uf qué susto!  

Así son los hombres fuertes, seguros, impetuosos, y valerosos. Esa capacidad varonil que los diferencia, y que a nosotras tanto nos atrae, oómo nos excita.

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.