Arpegios

Aquella tarde mi marido Luis estaba sentado en el sofá frente a la televisión con su cara rubicunda y abotargada bebiendo una lata de cerveza y disfrutando del partido de fútbol.  

Siempre había sido un hombre fortachón de cabeza alargada con pelo ralo. Ahora se había acentuado y le asomaban algunas canas en las sienes. En su nariz aguileña reposaban el mismo tipo de gafas de concha marrón donde se veían a través de los gruesos cristales unos ojos grises. Tenía una boca grande. Cuando sonreía se asomaban unos dientes amarillos teñidos por el tabaco que a menudo me producían desagrado. A lo largo de nuestra convivencia de veinticinco años, a pesar de mi insistencia, no había logrado que dejara de fumar.

Vivía con cierta distancia de su cuerpo. Yo, le compraba ropa nueva, pero la dejaba en el armario sin estrenar. A él le gustaba cubrir sus amplios hombros con jerséis de lana abrochados con botones. Lo que le daba un aspecto de viejo bonachón, aun siendo todavía un hombre maduro. Había perdido, ya, años atrás, su cintura. Los agujeros de su cinturón habían ido adelantándose hasta desaparecer. Ahora llevaba tirantes para sujetar los pantalones en su voluminosa barriga.

Cuando sonó el teléfono, Luis no hizo ningún ademán de cogerlo y gritó desde el salón mi nombre ¿Celia? ¿Celia? El incordioso ring, ring continuaba… y repitió el nombre alzando más la voz.  

─Mira para que me necesita, pensé mientras dejaba el libro y las gafas sobre la mesa. Me puso de pie y me dirigí por el pasillo hasta el salón. ¡Jesús! ¡Qué paciencia me tiene dar Dios!, dije, mientras que descolgaba.

─ ¿Dígame?

─Hola, Celia ¿Cómo estás?

─ Que gusto de oírte, dije, reconociendo de inmediato la voz de Mario. ¿Qué tal Marisa?

─Estamos los dos bien. ¿Y Luis?

─Aquí, viendo jugar a su equipo. Ahora mismo, me está haciendo un gesto para que te salude.

─ Quería invitaros a un concierto de David en la escuela superior de música. Tengo cuatro entradas para este sábado. Íbamos a ir Marisa y yo con mis suegros. Ellos no pueden venir y hemos pensado en vosotros.

─Un momento que le pregunto a mi marido.

Con una sonrisa cautivadora miré a Luis.

─ Me dice que sí. Mario, será estupendo volvernos a encontrar los cuatro después de tanto tiempo.

─Quedamos a las cinco y media el sábado en la puerta del conservatorio.

Todavía recordaba el día que conocí a Mario en la puerta del colegio. Hacía un frio invernal. En la lejanía, un hombre alto, al menos de 1,80, delgado con porte y pelo castaño ondulado arropado con una bufanda.

Venia acalorada a pesar del tiempo invernal.

Se dirigió a mí. ─ ¿Han salido los niños de quinto de primaria?

─Todavía , no. Respondí

A la salida de tropel de niños descubrimos que Ángel y David, nuestros hijos, salía juntos y eran amigos. A partir de ese día, coincidíamos para recogerlos con otros papás. En aquel entonces un grupo de padres provechábamos para tomar un café en un lugar cercano al colegio. Mario siempre tenía algo interesante que contar. Era un hombre cordial, afectuoso. Su figura no destacaba por ser especialmente guapo. Pero encandilaba a todas las mujeres

 Cuando encontró trabajo Mario, dejó de venir. El colegio terminó. Ángel comenzó en la universidad y David el conservatorio. A pesar de trayectorias diferentes, nuestros hijos se llamaban por teléfono y mantenían la amistad, lo que hizo que supiéramos unos de otros. Entre las dos parejas siempre mantuvimos, la felicitación en Navidad

─Qué bien estáis, dijo Marisa

─ Lo mismo digo, dijo Luis, acercándose a ella y dándole dos besos en las mejillas.

A la vez Mario hizo lo mismo, se acercó a mi oído─ reconocí su olor inconfundible de Hugo Boss, ─muy sutilmente añadió Celia estás preciosa.

Sentados ya en las butacas nos colocamos Mario en el centro a mí lado, y en los extremos Marisa y Luis. Nada más sentarnos giró la cara y me hizo una mueca de complicidad.

David empezó a interpretar el repertorio de fragmentos de piezas clásicas. Cuando las luces de la sala se apagaron, el dedo meñique de Mario rozó mi dedo anular, entonces tuve un chispazo que me recorrió desde la nuca a las uñas de los pies. En otro momento de la audición Marco se aproximó para decirme algo, yo hice un gesto inclinando la cabeza para escucharle.

─Siempre me has enamorado, me tienes loco y sacando levemente la lengua la movió alrededor del pabellón de mi oreja. En ese momento David estaba tocando unos aspergios, su sonido y la humedad en el oído se me quedaron incrustados. No pude escuchar más compases. La humedad de mi oído se había trasformado en una sensación muy agradable. Intentaba no mover ni un músculo, ni cerrar los ojos. Sencillamente estaba flotando.

─Toca de maravilla, me dijo Luis.

─ Sí, sensacional respondí mintiendo. Mi cerebro se había quedado en las corcheas y semicorcheas de los arpegios. Resonaban en mis oídos los mismos compases continuamente, mientras recibía pequeñas descargas eléctricas. Siempre supe controlarme, ahora temía que algún gesto me descubriera. No me desperté de esa sensación de ingravidez hasta los aplausos.  

─Espigadita de ojos grandes, seguro que te apetece que nos vayamos los cuatro a tomar algo ¿No vendrás diciendo que tienes prisa?

─ Claro que sí, respondió Luis, sin darme opción a contestar ─Nos vamos a toma unas cervecitas y estas mujeres que hagan lo que les parezca. Que… prosiguió diciendo, les va parecer muy bien.

Sin esperar respuestas comenzó a caminar.

Marisa me agarró de la mano ─ Vamos Celia. ─ ¡Qué hombres! ¡Dios que hombres! y les seguimos hasta encontrar un bar.

No recuerdo lo que hablamos, estaba aturdida, embelesada. Marisa movía los labios continuamente y cualquier gesto que yo le mostrara, le daba carrete y seguía hablando. Y, yo seguía, seguía, escuchado los arpegios.

─Hola muñecas es hora de recogernos dijo con rotundidad Mario─ Mientras se acercaba a mí y como quien no dice nada ─Te espero mañana a las cinco de la tarde en la puerta del colegio.

Como la primera vez, Mario apareció corriendo acalorado, pero en esta ocasión me agarró de la nuca y me llevó los labios a los suyos.  Nos fusionamos en un  beso. No sé el tiempo que estuvimos así.

Me llevó hasta su Mercedes, abrió la puerta y me invitó a entrar

─ ¿Adónde vamos Celia?

─ Al fin del mundo.

Metió la llave en el contacto del coche y lo puso en marcha.


 

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.

4 comentarios on «Arpegios»

  1. Maica dice:

    Me ha gustado muchísimo … como todos tus relatos… nuevamente te felicito !!!!!

    1. Elena dice:

      Muchas gracias, Maica.

  2. Alison dice:

    Me ha encantado

    1. Elena dice:

      Muchas gracias, Alison

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