Alberto Combé

¡Buenos días, Teresa!

Si has llegado hasta aquí, sabes quién soy por el remitente de la carta. Por fin he encontrado valor para poder escribirte, tómate un minuto de respiro y, ¡No la rompas por Dios! Sin antes leerla. Maté a tu padre. Cierto.

Lo que quiero es que conozcas las circunstancias que me llevaron al homicidio imprudente. Sabes los entresijos de la historia por el juicio. No soy un loco, ni un enfermo, ni estoy lleno de maldad.

Sé que es una cuestión delicada, volver hablar de aquello; sin embargo, nada se dijo sobre mí. Sí sobre mi conducta. Nada sobre mi alma.

Me esperan quince años de condena. Me reconozco culpable y debo pagar mi pena. No voy a devolver la vida a tu padre. Nadie puede explicar lo inexplicable. Se convirtió en la víctima por circunstancias y las sinuosidades del destino ¡Ojalá pudiera volver atrás! Y borrar los errores del sinsentido.

¿Cómo llegué hasta esa cruel barbarie?  Ni lo sé. No quiero justificarme. No recuerdo ni como lo hice, aunque ahora ya, carezca de importancia. Borracho, aturdido, lleno de furia. Intoxicado por las sustancias. Estaba desquiciado.

Reflexionando en la soledad de mi celda creo que pudo tener que ver con la historia de mi vida. Ahora evoco mi infancia, con toda franqueza, repleta de sinsabores. Lloré durante años mis rabias y tristezas. No tuve con quién hablar. En definitiva, fui un niño solo, sin que nadie pautara mi educación. Mi adolescencia transcurrió sin rumbo, sin señas.

Mis carencias de abandono no se debieron a la posición social. No éramos pobres. A mi familia económicamente le iban muy bien los negocios. Teníamos una posición desahogada. Era yo el que no encajaba en ninguna parte. Nunca me sentí querido. Tenía mal carácter y mal genio. Comencé con los canutos, seguí con la farlopa y luego con la dama blanca. Estaba pirado. Traspasé todos los límites. Me convertí en un tipejo a la vista de todo el mundo ¡Y lo era!

Reconozco que mis treinta años de existencia, han sido como hojas barridas por el viento sobre un mar de confusiones.

Nunca, antes había contado a nadie todo esto.

No pretendo justificarme, sí arrepentirme.

Créeme Teresa, sé de lo que hablo ahora que estoy limpio de sustancias.

Quiero pedirte perdón, aunque tú no me perdones.

 Alberto Combé

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.