Reflexiones de una ginecóloga. Voz, tono y timbre

No siempre cuando hablamos de nuestros diagnósticos a nuestros pacientes utilizamos bien la voz; conocemos nuestro timbre pero no somos muy conscientes del tono empleado, ni  en nuestra vida diaria y, mucho menos en la comunicación entre el médico y el enfermo. No ocurre así cuando cantamos; si no queremos desafinar, precisamos con mayor exactitud la intensidad del sonido, los matices de las notas con sostenidos y bemoles, en mayor o menor grado, según nuestras cualidades musicales.

En general,  adolecemos de una falta de interés en saber enlazar y extender nuestro instrumento musical como son las cuerdas vocales. La facultad de armonizar las cuerdas con nuestro léxico en una eufonía particular, permite establecer un sonido suave y armónico. Los vocablos producidos al vibrar el aire en la laringe pueden lograr, con un poco de ejercicio, un sonido con capacidad de bálsamo, tan necesario en el ejercicio médico.

El automatismo de nuestras frases, el modelo estándar, conduce en ocasiones a nuestros pacientes y familiares acompañantes por caminos de incertidumbre. Nuestra voz  al expresarnos se empaña de un tono poco claro, con vocablos técnicos cuyo verdadero fundamento incluso nosotros desconocemos y, para mayor pecado, no reconocemos que lo desconocemos. En otras ocasiones, cuando tenemos una seguridad clínica de la etiología o de la enfermedad nos apresuramos a aplicar los términos científicos que definen el comportamiento biológico aberrante. Por poner un ejemplo, decimos cotidianamente,- el dictamen de su citología es: sustancia de fondo con detritus, presencia de células linfoides y macrófagos vaculolados, abundantes células ductales con atipias-compatible con Comedo.  La paciente sale de nuestro despacho con mil dudas preguntándose, si lo ha comprendido correctamente. En algunos casos la mujer, cuando llega a su casa, recurre a la consulta del famoso Google, que en cierta manera va a aumentar su confusión. De igual forma, nos expresamos con relativa frecuencia mediante acrónimos anglosajones, que no siempre son de una meridiana claridad, ni en ocasiones conocidos, ni siquiera requeridos por todos nuestros pacientes.

A veces cuando tenemos que informar de un diagnóstico y pronóstico fatídico, razonamos que debemos ceñirnos a la verdad, ¿pero qué es la verdad?  .Lo que entendemos por verdad, se concreta en la facultad de aportar nuestros conocimientos actuales y la potestad de poder exponer nuestra nosotaxia- para denominar cada enfermedad con su propio nombre y clasificarla científicamente-.  Lo hacemos con esa capacidad de superioridad que da la situación de estar en el pedestal para hablar con claridad. Desde luego que los pacientes desean claramente conocer su verdad, que no siempre coincide con nuestra verdad, ya que, al explicar un diagnóstico como carcinoma inflamatorio de mama,  se  transmite en ocasiones a confusión ocasionado por un inicio de terapia o quirúrgica por el propio – termino inflamatorio- que a la paciente por lo general trivializa el pronóstico y alcanza a dar un significado opuesto a la complejidad del proceso y,  es posible que  en ella conduzca – si no se le explica- una correlación inversa a la gravedad del trastorno.

¿Verdaderamente nos hemos preguntado en alguna ocasión qué desean saber nuestros pacientes? por ejemplo: si un fármaco obtiene mejor repuesta al tratamiento que parece deducirse en el metaanálisis publicado recientemente en una revista científica, es posible que eso no sea lo que interesa.  ¿Quizá de esa droga los pacientes prefieren saber los efectos tóxicos que les pueda ocasionar?  .Como puede ser una alopecia, o acaso les interese saber: ¿porqué ocurre?,  ¿cómo se va a presentar la alopecia?  ¿de inmediato? ¿en el plazo de un mes?, ¿lentamente? ¿va a  provocar  la caída súbita de todos los pelos a la vez?  .Estos aspectos banales para nosotros, les van a atañer más. Tal vez a otros pacientes les preocupa la trascendencia de los efectos adversos a largo plazo y cómo van a tolerar el tratamiento. Cada persona asume la enfermedad con una perspectiva diferente y nosotros debemos de adquirir la lucidez de expresarnos, de modo y manera que nos comprenda y, debemos de atender aquellas inquietudes que le perturban, sin crear miedos ni incertidumbres.

Es importante insistir en el modo y tono de relatar a los pacientes su enfermedad. El proceso de revelarla debería ser hábil y explícito, de modo y  forma que los médicos expresáramos  “los tecnicismos” con una inflexión de voz  junto con el timbre que a cada uno nos caracteriza.  El tono musical elegido deberíamos seguirlo durante toda la obra y,  no solamente para aquellos momentos críticos de informar de un diagnóstico, incluso de dar a conocer un pronóstico. Esta ponderación musical debe estar en nuestras palabras mediante clave: en Sol menor, en Re sostenido mayor, o en cualquiera que se ajuste al paciente que tenemos por oyente.

Cada momento, en nuestra vida profesional, debería tener unas connotaciones de sensibilidad y concordia. Recuerdo que recientemente un ginecólogo comentaba la sensación tan desagradable que tuvo cuando acudió al urólogo y le pidió que se quitara los calzoncillos. En ese momento límite cuando arrastraba su ropa entre las piernas, sólo tuvo momentos para recordar en qué tono de voz, él les decía a sus pacientes: “quítese las bragas”.

Arrojar violentamente las palabras al dar una información, consigue en muchas ocasiones herir la sensibilidad de nuestros pacientes. Sin embargo, unas tiernas palabras, adheridas a la terapia, pueden ayudar a restituir el organismo de nuestros enfermos, sin añadir ningún efecto adverso. El deseo de agradar, modulando nuestra voz y timbre, no debe llevar implícito un dictamen engañoso. Los mismos vocablos dulces logran actuar como un bálsamo sobre las heridas y  su efecto sistémico puede permitir recobrar el ánimo.

Siguiendo estas directrices,  es probable que con solo palabras se puedan conseguir y originar, inflexiones de nuestra voz y, equipararse a las notas de un pentagrama en cualquier clave, de manera que se logre una melodía.  Vale la pena realizar clases de canto. Así nuestra voz, nuestro tono y nuestro propio timbre, podrían ser nuestros mejores aliados para aliviar a nuestros pacientes, incluso a nosotros mismos.

 

Publicado en Médicos y medicinas. Comunicar con el paciente. Claridad y sensibilidad nº 20; 50-52

Sección: Reflexiones
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.