Las vicisitudes de Doña Rosenda

Es temprano, sopla el viento y llovizna, el ruido del agua sobre los cristales me ha despertado, pienso: “es hora de levantarme”. Voy a sacar la camiseta de manga larga que tengo guardada en el armario y me visto rápidamente antes de que coja un frio y pierda el calorcito de la cama. La habitación está helada y casi a oscuras me visto con rapidez, sin hacer ruido para no despertar a Lucas, que duerme como un bendito.

Me voy a la cocina a prepararme un gran tazón de leche caliente con migas de pan; de paso voy a ir cociendo los garbanzos y aseando la casa antes de ir al ambulatorio a ver a Don Cipriano. Desde que me jubilé no hay un solo día que no me despierte casi al amanecer, debe de ser la costumbre de tantos años.

Creo que estoy bien de salud o, al menos, me siento bien, no me gustan nada los médicos, ni las medicinas, pero tengo la costumbre de ir al ambulatorio cada quince días para que me tomen la tensión, me miren el colesterol o me vigilen las piernas que las tengo hechas unos zorros con las dichosas varices. Además, ya que pago el seguro, me gusta aprovecharlo y, de vez en cuando, le pido al médico que me haga unos análisis de todo, por si acaso, no vaya a ser que me pase como a la Rufina, que se quedó la pobre mujer  paralítica el invierno pasado.

A mí lo que verdaderamente me gusta es estar en la sala de espera y encontrarme con alguna vecina para estar de cháchara y enterarme de las historias del barrio. Antes, en la fábrica, a la hora del almuerzo, hablaba con mis compañeras de la sección y estaba bien informada de todo lo que pasaba, desde la serie de la novela de la tele hasta el embarazo de la Petri, tan sonado que fue, tuvo que marchar al extranjero, sin que se enterara su novio, allí, en la fábrica, las noticias corrían de departamento en departamento.

 

¡Qué sucia está la alfombra, santo Dios! voy a voltearla en el balcón y sacar todo el polvo. Este marido mío con los años no ha aprendido a cepillarse los zapatos antes de entrar en casa y, a estas alturas, creo que ya no lo va aprender. Uy ¡si no he recogido la ropa del tendedero!, se habrá mojado con la lluvia, dejo los garbanzos a fuego lento y me voy a ir porque, de seguir así, voy a perder el ratito de espera que es lo que más me gusta.

Hay que ver qué cuesta tan empinada tengo que subir para llegar al centro de salud, voy a descansar. Pensándolo bien, aprovecho para entrar en la panadería, no vaya ser que se les termine el pan crujiente.

 

-Hola, Maruja, me das dos barras blanquitas y crujientes, que estén bien crujientes, que sino, no me gustan.

-Aquí las tiene, Rosen, ¿no quiere algo más?

-No, gracias, voy con prisa al médico.

 

Por fin he llegado al ambulatorio -qué gusto de calorcito hace al entrar-, menos mal que no tengo que subir escaleras. Don Cipriano pasa visita en la planta baja, como el resto de los médicos de cabecera. Hoy no veo a nadie conocido para conversar, debe ser por el mal tiempo. No importa, voy a sacar mi ganchillo, hago media y voy contando, una del derecho, otra del revés esto es muy entretenido y no te deja pensar en nada. Entre pasada y pasada, levanto la vista y veo la cara agrisada que tiene el de la frutería. Este debe tener algo malo porque cara no vaticina nada, pero que nada, bueno. Me llaman enseguida: “Rosenda Martínez”.

Entro en el despacho.

-¿Qué tal?, ¿cuál es el motivo de su visita?

-Pues, como siempre, a tomarme la tensión y, ya de paso, míreme bien porque viniendo desde casa he notado que me se salía el corazón de la caja.

-A ver, Rosenda, desnúdate de cintura para arriba.

-¿Pero tengo que desnudarme o me subo el sostén para arriba?

-No, mejor te desnudas.

 

Al quitarme la camiseta veo unas manchas. Me pone los tubos en los pechos y me mira la camiseta.

 

-¿Y esto qué es?, añade.

-¡Ah, no sé! –le contesto-, casualmente me acabo de poner la camiseta bien pero que “requetelimpia”.

 

Entonces, Don Cipriano me exprime los pezones y sale una agüilla oscura.

 

-Mira, Rosenda, esto te lo va a tener que ver el ginecólogo.

-¿Don Cipriano, pero tengo que ir obligatoriamente, si a mí no me duele nada?

-¿Desde cuándo no has ido?

-No sé, desde que nació el Eusebio, hace 40 años. Además, ya no lo necesito, ahora estoy ya seca y el Lucas me toca muy de vez en cuando.

-Mira, Rosenda, me dice con cara de no discutir, digas lo que digas te voy a mandar al ginecólogo sin falta.

 

Salgo con el papel en la mano, un poco contrariada, le he pedido mil veces que me mande una resonancia de las piernas, ni caso, y solo se le ocurre esto. En la fila del mostrador me encuentro con Rosa, la vecina del tercero, y me dice:

 

-¿Qué haces por aquí?

-Pues, hija, pidiendo visita para el especialista, mira, mira lo que pone, a ver si eres capaz de entender la letra. Estoy un poco asustada.

-No seas gallina, Rosen, ahora van muchas mujeres al ginecólogo y no pasa nada.

[continuará… ]

Sección: Doña Rosenda
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.