El descanso del lenguaje

El lenguaje es un vehículo de comunicación entre los humanos. Puede crear buenos lazos de unión y convivencia, incluso  amistad en personas diametralmente opuestas. Sin embargo, también es necesario en la vida diaria saber encontrar unos momentos para el descanso del lenguaje y para la reflexión.

En el Medievo,  los eremitas estaban alejados del mundo y vivían en soledad y silencio en lugares despoblados.  A partir del siglo IV se fueron unificando, recluyéndose en monasterios, adoptando diversas órdenes y reglas: cartujos, jerónimos, agustinos, entre otros. Los monjes llevaban una vida ascética y se dedicaban a prácticas de oración y contemplación. El saber quedaba suscrito a las bibliotecas monacales donde se refugió el arte, la cultura y gran parte del conocimiento. El pueblo carecía de conocimientos y los campesinos estaban sujetos a condiciones férreas de servidumbre. Uno de los modos que permitió el intercambio cultural, fue el abandono del silencio de la vida contemplativa, facilitando el uso de la lengua común: el latín. Instituciones como las Universidades prodigaron el conocimiento del saber y enseñanza fuera de los límites monásticos, eclesiásticos y civiles para llegar al pueblo llano. Las primeras que funcionaron en Europa fueron para estudios de Teología, Derecho y Medicina.

En la actualidad, la evolución social se manifiesta diametralmente opuesta sucediendo todo lo contrario;  las personas se confinan en grandes espacios, y el silencio y la reflexión se han reducido a la mínima expresión. La cultura se ha expandido y ha salido de los monasterios para adaptarse al pueblo, dirigiéndose a  conseguir la mayor difusión posible de una forma equitativa y social. Los valores y metas ya no se centran en el silencio y la espiritualidad como un muro de contención. No hay tiempo para la soledad, todo se hace deprisa, el ritmo de vida está abocado a la lucha, al estrés, a la competitividad y al desasosiego. A pesar de los grandes avances sociales y de bienestar que han ocurrido desde el siglo IV hasta nuestros días, seguimos como los campesinos del medievo limitados a nuevas condiciones muy duras, aunque absolutamente distintas, que tampoco nos permiten libertad.

El perfil del hombre de éxito del siglo XXI como individuo es dramático, está permanentemente al borde del colapso, sin límites ni horarios, con poco tiempo para descansar y abrumado de trabajo. El escenario de un médico intelectual es tener la obligación social de significarse, involucrarse en cualquier medio de comunicación audiovisual, escribir y publicar sin freno en los medios nacionales e internacionales. La sociedad le exige que sea un hombre que contribuya a la difusión de conocimientos o ideas que hable y discuta y sepa crear entusiasmo, que sea combativo e intercambie réplicas repitiendo palabras para asegurarse que se deja oír.

Hemos abandonado la vida espiritual, nos hemos materializado. ¿Pero, a qué precio? Lo que está claro es que estos patrones sociales a lo largo de la vida no se pueden mantener de forma continuada, hay líneas rojas que no se deben traspasar. Nuestro trabajo se basa en cuidar de la salud y la vida de nuestros pacientes; y sin embargo a la vez jugamos con nuestra propia vida en el límite del precipicio. No somos conscientes de cómo se encienden las alarmas y se desencadenan con el paso del tiempo dolencias, personales y familiares como consecuencia de nuestra forma de vivir.

En cierto modo el médico, tanto el que se desenvuelve en la vida hospitalaria, como en la asistencial o en la investigación, está envuelto en un “juego de casino” donde para salir de “la ruleta” parece que hay que ser un mago.  No es así. Para no llegar a ser atrapado por la vorágine  hay que ser consciente de ello y,  es tan sencillo como permitirse unos minutos al día para uno mismo, para trasladar a su psique el sentido de sus propias y personales meditaciones.

Somos ajenos a percibir y saber observar por nosotros mismos nuestra vida y solo utilizamos la inspección y reflexión para nuestros diagnósticos y pronósticos de nuestros enfermos. Debemos hacer una llamada al silencio y tener una larga o corta convivencia con la soledad, según sean nuestras necesidades y situaciones. Una balanza espiritual para sellar un pacto que equilibre el sentido del deber. Rescatar y dar una prioridad a recursos sin que sea necesaria una reingeniería de procesos para poder integrar la vida personal, familiar con la social, laboral y lúdica.

Una correlación causa-efecto sobre nuestro cuerpo y mente positiva es dejarnos llevar y desconectar. No pensar en nada. Reevaluar aquellos suministros de paz que la propia naturaleza nos proporciona ricos en matices, ausentes de fastos y brillos. Una forma sencilla, por ejemplo, es contemplar un paisaje al aire libre, ver las escenas que nos proporciona  cualquier estación del año. Solo mirar en silencio es un oasis de entretenimiento, evoca emociones y elimina tensiones. De modo que podremos llegar a dejar de ser esclavos de nosotros mismos y de la sociedad, adquirir el convencimiento que descansar es un derecho y saber disfrutar del descanso un lujo.

 

Este artículo fue publicado en el Boletín electrónico de la AEEM.
(AEEM – Asociación Española para el Estudio de la Menopausia) nº14
2012
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Sección: Reflexiones
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.