El canal de Panamá

¿Te gusta el helado? Me preguntó él, mientras yo me abanicaba en la terraza de un bar. Me abordó, sin más, sin conocernos, sin presentaciones.
– Me encantan los helados, en verano, en invierno en cualquier estación del año.
¿Cómo te puedo llamar ?
-María es mi nombre de pila.
– Te pido excusas por si te importuno. No, para nada ¿Puedo sentarme? ¿No estás esperando a nadie? ¿Verdad? Se sentó a mi lado sin más preámbulo, se echó los dedos a su cabeza como si intentara arreglarse el cabello, después lo rozó sobre los labios.
-Era un hombre alto, delgado, vestía una camisa de rayas azul y rojas y un pantalón estrecho bien planchado. Una cara impecablemente afeitada, un pelo castaño con las sienes blanquecinas. Me di cuenta que quería entablar una conversación y se lo puse fácil.
– Tengo poco tiempo, me espera una amiga en su casa. Déjame que te invite a otro helado y lo disfrutamos juntos. ¿Y tú cómo te llamas?
– Marcos
Me empezó a dar bola con banalidades, un pequeño pretexto para comenzar a saborear un nuevo helado de pistacho y otro de chocolate. Marcos tenía una voz seductora, parecía sentirse cómodo en mi compañía. Parecía un hombre franco, afable, sin asperezas y tenía una mirada que penetraba más allá de mi retina. De pronto percibí que sentía algo nuevo, no eran los temas de conversación, era una sensación de buenas vibraciones. Supe de inmediato que me estaba eclipsando. En ningún momento me pareció un extraño, la conversación comenzó a ser más interesante, fluía como si nos conociéramos de toda la vida. Pasamos horas en aquella terraza hasta que desapareció la luz, y fue entonces cuando me tendió la mano, le di mi mano con entusiasmo y comenzamos andar.
No puedo recordar qué pasó, ni de qué hablé, ni siquiera la razón por la qué nos reíamos continuamente. Seguimos andando y de pronto me cercioné que estábamos en el ascensor de mi casa. Fue mi primer momento de lucidez de aquella tarde. Tragué saliva con la garganta, un nudo se me puso que me impedía casi respirar. ¿Me dije quién te ha metido en este fango?¡¡ Me quiero ir!! ¡¡Desaparecer!! ¡Dios mío! si seré necia. Tengo que dejarlo para otro momento. No estoy depilada, llevo unas bragas maxi hasta la cintura, mi sostén es de un color indeterminado entre banco y gris como consecuencia de mis desastrosos accidentes con la lavadora. ¿Qué hago? Con lo divina que estaba la semana pasada con mis tanguitas, mi corpiño azul celeste a juego, y mi nuevo look. ¡¡Uhhh, uhhh!!! ¿Y ahora como lo resuelvo? Un escalofrío de vértigo recorría mis pechos, me moría de los nervios. No puedo meterme en una aventura fugaz con mi celulitis espantosa, mis muslos mal contorneados, sin trasero respingón y, con una cintura marcando flotadores. Marcos estaba en otra onda, no parecía darse cuenta de lo tensa que me encontraba y el ascensor seguía y seguía avanzando. Abrí la puerta, sin saber cómo deshacer el entuerto. Entramos en el salón y sentí su mirada sobre mi nuca, sin mediar palabra Marcos se abalanzó contra mí, aguanté la embestida y contraataqué. Me arrinconó en la esquina del sofá, con sus besos y abrazos, al final del tercer asalto accioné dirigiéndome hacia lo más sensible, se quedó perplejo durante unos segundos, aquello parecía aumentar de tamaño por momentos, con capacidad de romper la cremallera. Sin pensármelo dos veces desabroché su pantalón, mientras Marcos jugueteaba con el elástico de mi braga. Empecé a controlar mi respiración. Marcos progresaba y tras unos minutos de espera, bajó al triángulo amoroso y antes de enfrentarnos a un cataclismo, agazapada a su oído le susurré. Marcos eres divino, pero es posible que el canal de Panamá lo encuentres cerrado, hace mucho tiempo que no pasan barcos. Se me quedó mirando, no te preocupes mi vida, tengo todo el tiempo del mundo para ir abriendo las compuertas.
Y así fue, sus caricias abrieron todos los diques dejando un espacio libre y húmedo. Me sentí diferente, de un orgasmo, pasaba a otro y a otro y a otro, parecía no tener fin. Hacíamos frenéticamente el amor, solamente la mirada de aquellos ojos seductores y sus caricias, permitieron el paso de toda la armada flotante. Del primer asalto, llegamos en poco tiempo al segundo, y en el tercero apareció un estrepitoso gatillazo. Pero aquello no frenó nuestros impulsos, nos seguimos riendo con frenesí. No era un infortunio, ni nos impidió dejar la diversión, seguimos gozando, acariciándonos, buscando nuevos rincones, hasta que nos quedamos dormidos totalmente exhaustos.
Una oleada de calor me abrió los ojos al amanecer, eran las sofocaciones de mi menopausia que acostumbraban a despertarme envuelta en sudor desde hacía un tiempo. Marcos, ajeno a mí, seguía durmiendo dulcemente a mi lado, un mechón de su cabello surcaba su cara con una leve sonrisa. Todavía medio dormida, seguía sin poder pensar, estaba aturdida por todos los acontecimientos. No sé que tejemaneje ha ocurrido en este capítulo de mi vida, ni siquiera puedo descifrar qué es lo que quedará en Marcos ¿un fotograma de verano de ella y el abanico?
A mí nadie me había hecho sentir algo así, no sé, estoy confundida, quizá comienza una verdadera historia de amor o de pasión. ¿Quién sabe?

Presentado en el concurso de relatos cortos de humor  “ella y el abanico” en torno a la meno/andropausia

Barcelona 23 de julio 2015

Sección: Relatos
Dra. Elena Ruiz Domingo

Autor: Dra. Elena Ruiz Domingo

Elena Ruiz Domingo es una médico ginecóloga que le encanta comunicarse, participa con regularidad en congresos, prensa, medios y conferencias.